Relaciones entre ciencia y poder
Diego Toscano
El reconocido epistemólogo argentino Gregorio Klimovsky ha sostenido en reiteradas ocasiones[1] una posición contraria a las ideas irracionalistas y a las actitudes anticientíficas que caracterizan al denominado postmodernismo. En defensa de la ciencia y de la práctica científica, y de sus resultados, principalmente de los avances en el campo de la tecnología, Klimovsky plantea que no existe nada intrínsecamente bueno o malo en la tecnología ni en la ciencia, sino que depende de cuál sea su decisión de uso. En este plano reconoce también que la ciencia y la tecnología han tenido aplicaciones negativas, como por ejemplo el armamentismo, pero que este es un problema de la política.
El presente trabajo va a tomar en cuenta esta afirmación para polemizar con ella, en tanto la considero representativa de cierta opinión común en el ámbito científico[2], por considerar que sumerge a la política en cierto plano de irracionalidad o postula, elípticamente en algunos casos y directamente en otros, su no-cientificidad[3]. O, lo que es lo mismo, porque separa arbitrariamente dos planos de la acción humana que considero que no deberían separarse, o por lo menos no bajo la forma de juicio sumario con la que frecuentemente se los separa.
A tal fin, voy a desarrollar algunos aspectos conceptuales del irracionalismo contemporáneo y la ciencia, intentando mostrar la vinculación histórica del mismo con la política, y postulando un ángulo de aproximación al fenómeno del postmodernismo, y por lo tanto del irracionalismo. Por otro lado, voy a intentar mostrar las vinculaciones existentes entre ciencia y política, deteniéndome en el campo específico de las ciencias sociales. Por último, voy a desarrollar a manera de conclusiones provisorias una serie de consideraciones generales sobre ciencia, metodología y política.
El irracionalismo contemporáneo
Terry Eagleton, en uno de los más conocidos análisis acerca del postmodernismo[4], postula que esta forma de la cultura contemporánea (el postmodernismo) “se alza contra las normas iluministas” heredadas en la tradición occidental, llevando a la consideración del mundo como “contingente, inexplicado, diverso, inestable, indeterminado, un conjunto de culturas desunidas o de interpretaciones que engendra un grado de escepticismo sobre la objetividad de la verdad, la historia y las normas.”. “Es un estilo de cultura que “refleja” algo de este cambio de época”. El postmodernismo, como colector de las tendencias irracionalistas de fines del siglo XX, emerge de un “cambio de época”[5]. Pero como señala Ellen Meiksins Wood, el escepticismo epistemológico y el irracionalismo tienen una historia tan larga como la de la propia filosofía. [6]
A lo largo de la historia de la ciencia y del pensamiento humano, sistemáticamente han emergido tendencias irracionalistas que negaban, mistifican o cuestionaban el valor del pensamiento científico. Por lo general, éstas emergieron en momentos en los que el desarrollo económico de la sociedad se detenía, y la sociedad en cuestión entraba en un profundo proceso de crisis. Un ejemplo clásico lo constituye el pensamiento y la filosofía medieval, con sus secuelas oscurantista y teológicas, que expresaron el agotamiento temprano de un régimen de producción, el feudalismo. Sin embargo, tomados como emergentes históricos, no todos los elementos que aparecen a la luz de estos períodos y como parte de estas corrientes de pensamiento, deben ser totalmente desechados.
Ludovico Geymonat[7], un conocido epistemólogo italiano, analiza profundamente uno de estos períodos, el denominado período de reacción contra el positivismo. Geymonat señala que durante las últimas décadas de fines del siglo XIX surgió en casi todos los países de Europa, un movimiento antipositivista que articulaba a varias tendencias. Estas, desde ángulos muy diversos, cuestionaban la “ingenua fe de los positivistas en la intocable verdad de la ciencias”. El “cambio de época” que había dado luz a este cuestionamiento, era la crisis, que ya por entonces se insinuaba muy aguda pero que en las primeras dos décadas del siglo XX se iba a manifestar de manera plena, de todos los pronósticos de desarrollo, reformas y progreso que se formularon desde la ciencia y el pensamiento positivista durante toda la segunda mitad del siglo XIX.
Dentro de las tendencias que emergieron de este proceso, cabe destacar el espiritualismo francés y alemán, el criticismo, el historicismo de Dilthey, que dejó muy profundas huellas en la sociología moderna y en el conjunto de las ciencias sociales, el neohegelianismo italiano de Labriola, el convencionalismo y el pragmatismo. También a pensadores que bordean las concepciones irracionalistas sumergiéndose cada tanto en ellas, como Firiedrich Nietzsche, Le Roy y Sorel.
Sin embargo, como parte de este proceso de crisis que afectó a las ciencias y a todo el pensamiento decimonónico, también emergieron nuevos planteamientos teóricos que no cuestionaban la racionalidad ni la posibilidad del conocimiento sino que por el contrario, planteaban un desarrollo científico que permitiría un espacio común para analizar el “fondo de los problemas”. Me refiero aquí específicamente al desarrollo de la lingüística científica (que tuvo su exponente principal en el lingüista ginebrino Ferdinand de Saussure) y a la ciencia de los signos, la semiótica, fundada por el filósofo norteamericano Charles Sanders Peirce y continuada por una gran tradición de científicos de ese país. El punto de partida común de ambos es la necesidad de reflexionar sobre el lenguaje y sobre los signos de las ciencias, en tanto esta reflexión abría a la posibilidad de clarificar las desavenencias terminológicas y conceptuales de la ciencia, y encontrar los puntos de acierto y error de la filosofía y de otras formas de pensamiento científico[8]. De la misma manera, emergen en el plano de la lógica, un conjunto de planteos que no cuestionan la posibilidad misma de la ciencia y de la razón, sino que la ubican junto a nuevos elementos en el marco de análisis de las potencialidades de la razón.
Es interesante señalar en este punto que el proceso de desarrollo científico se ajusta con cierto grado de rigurosidad (por lo menos en una análisis formulado en perspectiva) a lo planteado por el epistemólogo Imre Lakatos. Lakatos sostiene que los programas de investigación científica, ante probables crisis de sus pronósticos, se modifican siguiendo una lógica que preserva el núcleo duro de la teoría, modificando aspectos o hipótesis subordinadas hasta tanto efectivamente deba, por una seguidilla de fallas, modificarse algún aspecto de ese núcleo o descartarse el programa. La racionalidad y la posibilidad de verdad, en la ciencia, constituyen el elemento determinante del núcleo duro de cualquier programa de investigación científico. Las posturas irracionalistas por lo general, saltean este método y cuestionan directamente los postulados básicos, los núcleos. Es esta carencia de método, lo que está en la base de su muy frecuente baja fecundidad teórica.
Pero también lo es el hecho de que muchas veces, estos movimientos irracionalistas son promovidos directamente por los grupos conservadores a los que el avance del conocimiento y de la ciencia, fundamentalmente de la ciencias sociales, como es el caso de la economía política, cuestionan en sus privilegios. O sea que no tienen por objetivo una corrección concreta o parcial de tal o cual aspecto, su debate en el plano científico, sino la impugnación cabal del pensamiento crítico, en un plano político, que aparece aquí maquillado de científico. En el ejemplo de la Edad Media, la vinculación de la Iglesia como vehículo del oscurantismo con los propietarios feudales es orgánica, aunque sin duda alguna, no estamos hablando de un proceso ingenieril ni conspirativo, sino de un proceso único interrelacionado. Para el caso del irracionalismo contemporáneo -el postmodernismo- ha sido harto señalada la vinculación orgánica de sus teóricos principales con los organismos oficiales y no oficiales del capital financiero, como es el caso del filósofo norteamericano Francis Fukuyama, y con la defensa por parte de estos de las políticas neoliberales que se han desarrollado a lo largo de una parte importante de los últimos 20 años en distintos lugares del mundo.
Ricardo Gómez sostiene, abiertamente, que las formas de irracionalismo actual (como por ejemplo el creacionismo científico, el ambientalismo conservador, etc.) son formas de penetración educacional para nada apolíticas que se vinculan con el programa expansionista de la derecha norteamericana.
Sostiene también R. Gomez, que la defensa de la ciencia y de las posiciones científicas contra sus interesados detractores, no debe homologarse a una defensa irrestricta de la ciencia como posibilidad de resolver todos los problemas que se le plantean a la humanidad.
Pero ha sido menos señalado, sin embargo, la vinculación también orgánica de los intelectuales postmodernos (Derrida, Delleuze, Barthes, etc.) con el pensamiento crítico y radical de los años 60, y todavía muchos menos explicado el cambio de frente de esta intelectualidad de izquierda que fue la base del postestructuralismo (fuente de donde emanará finalmente el denominado postmodernismo). Mi opinión al respecto es la siguiente: fue el detenimiento del auge de masas a escala mundial (auge que llevó al Mayo Francés, a la primavera de Praga, a la revolución Vietnamita, a la revolución cultural en China, al Cordobazo, etc.) lo que llevó a la intelectualidad de izquierda a cuestionar, primero, las posibilidades de la revolución, segundo, las posibilidades de cambio (ya había descreído del cambio reformista en la “larga y triste” década del 50), tercero, de las posibilidades de la razón para establecerse como parámetros por sobre las conductas humanas.
Lo que quiero postular con esto es lo siguiente: el irracionalismo contemporáneo tiene su base material emergente en el detenimiento de las posibilidades de cambio social que cristalizaron con el cese del auge de masas de la década del 60. Sin embargo, lo que caracterizó a este cuestionamiento de la racionalidad de la política y de la ciencia, fue la superficialidad de la crítica y la ausencia de método. A la vez, este proceso tiene su base material de consolidación en la etapa abierta en la década del 70, con la crisis de la economía mundial y las tendencias irracionalistas que se dispararon desde el plano económico, la crisis del petróleo, el ciclo de las deudas externas, la desintegración de los estados obreros, principalmente de la URSS y el avance de la derecha norteamericana e inglesa tanto en el plano político y económico como en el religioso, educativo y científico, incluso más allá de sus fronteras.
Ciencia y Política.
Siguiendo al Alfredo Tecla[9], podría definirse la ciencia como el conjunto de conocimientos existentes como también el método para llegar a la esencia de los fenómenos. “El hombre se apropia del mundo en la medida que lo comprende por medio de la abstracción, y al apropiarse de él, lo transforma, transformándose a si mismo.” Sin embargo, señala, en este apropiarse, juega un importante papel la ideología: “en la selección de los objetos de estudio, en el descubrimiento de los problemas, en sus soluciones y en el descubrimiento de un nuevo conocimiento.” Los fines de la ciencia están limitados y condicionados por los intereses de la sociedad, y por las clases sociales que luchan e interactúan en esa sociedad. O sea que de ningún modo la ciencia es aséptica a su realidad social.
Con un razonamiento análogo al que siguen Hugo Calello y Susana Neuhaus[10] para plantear una crítica a la tendencia a la parcialización y fragmentación del conocimiento propia del empirismo y del pragmatismo, voy a plantear una aproximación a la relación entre ciencia y política, como un método común de análisis e intervención social, como partes de una misma praxis humana. Y me refiero no a cualquier praxis política en general sino muy particularmente a la praxis política socialista. Entiendo por praxis política socialista a aquella que se inscribe en la tradición teórica y práctica fundada por Carlos Marx y Federico Engels.
Pablo Rieznik, docente de economía de la UBA y militante marxista, sostiene en su último libro[11] que el marxismo debe ser entendido como el resultado de todo el desarrollo del pensamiento científico previo y en particular, de la ciencia moderna, que revolucionó la concepción del hombre sobre la naturaleza y las formas que tiene éste para conocer la realidad: “desde entonces, la teoría y la práctica ya no se plantearán como ámbitos separados, e incluso antagónicos, en la tarea de penetrar en los secretos de la realidad. En la ciencia moderna la formulación de conceptos e ideas, la observación, la experiencia y la verificación forman un todo único y novedoso.” El aporte específico del marxismo a la ciencia moderna es haber puesto de relieve las leyes del movimiento “del mundo de los hombres” y la transformación práctica que esas mismas leyes plantean en términos de la actividad humana, entendida como praxis, o sea, como unidad de conocimiento y transformación.
En el campo específico de las Ciencias Sociales este problema se ha vuelto capital y es en el terreno de la economía política, pero también en el de la Historia, la sociología de base científica, los estudios culturales, antropología social, la geografía humana, etc. donde adquiere su mayor relevancia. El ángulo científico señala que en el estudio de los procesos humanos, es necesario estudiar el conjunto de relaciones que el hombre establece en su vida social. Y evidentemente esto no se puede hacer al margen de la propia naturaleza de la sociedad, ni con independencia de la pertenencia social del propio investigador, como bien señala Alfredo Tecla[12].
Llevado a un plano filosófico, esta unidad de teoría y práctica es la expresión de la unidad entre sujeto y objeto. O sea que el objeto de conocimiento está determinado por el Sujeto, y hasta cierto punto, compuesto de él, como así también el sujeto está determinado por el objeto, el todo social. Esta no es una particularidad de las denominadas ciencias sociales pues también se produce en las denominadas ciencias exactas: el caso que tomamos como ejemplo es de física atómica: al estudiar la naturaleza dual de la materia, se puso de relieve que en la investigación y experimentación de uno de los aspectos de ésta, se excluía la posibilidad de indagar su comportamiento en el otro, al estudiarla como onda, se cerraba la vía de acceso al estudio como partícula, o sea se constituía una forma de determinación del objeto por parte del sujeto.
Esta visión nos permite un nuevo ángulo para plantear la relación entre ciencia y política. Considerarlas aisladamente lleva peligrosamente al idealismo unilateral y a una separación estéril, tanto científica como políticamente. El uso social de la ciencia y de la tecnología, excede al denominado “uso del producto terminado”, “la bomba”. La política (en tanto economía concentrada) condiciona la producción científica en todos sus aspectos, incluso, principalmente, en la investigación. Pueden señalarse como ejemplo las frecuentemente señaladas determinaciones sexistas y clasistas propias de la investigaciones norteamericanas sobre sexualidad y anticoncepción.
La política determina a la ciencia, o mejor dicho, la ciencia está determinada por los intereses sociales que la promueven y financian. No es sólo que se hace un mal uso de la ciencia (o habría que precisar en todo caso el uso del término “mal uso”) sino que la sociedad, en un período determinado de su evolución, como un todo contradictorio, históricamente transitorio, teje una serie de influencias recíprocas con la ciencia que a los fines analíticos conviene precisar.
Son aspectos de la ciencia como así también de “la política” los presupuestos de financiamiento y las orientaciones de política científica, los criterios de seguimiento y evaluación de los proyectos emprendidos, la existencia o no de corrupción y favoritismos en los organismos científicos, el subsidio al capital y la enajenación de recursos públicos por medio del subsidio tecnológico, las relaciones de legislación internacional en el marco de la política científica (por ejemplo la Ley de Patentes medicinales que EEUU le exigió a la Argentina en la década del 90), la existencia de organismo científicos y su realidad, la pertinencia de la investigación científica con los problemas sociales y los criterios de determinación.
Retomando la afirmación de Klimovsky y desarrollándola en el sentido en el que se ha desenvuelto la exposición, se abre la posibilidad de plantear que el uso de la ciencia, es la propia ciencia.
Conclusiones provisorias
El marxismo ha planteado históricamente su base científica de acción en la lucha de clases, sobre la cual hay una abundante bibliografía que no pretendo considerar en este trabajo. Pero en relación con la problemática de la ciencia y el marxismo, la bibliografía se reduce drásticamente. Quiero postular que entiendo la práctica científica como una práctica política. Parafraseando a un filósofo moderno, “la verdad es revolucionaria”. También entiendo que la práctica política debe asentarse sobre firmes bases científicas.
Quiero introducir un elemento que considero pertinente a manera de conclusión: la tendencia irracionalista contemporánea, tanto la encarnada por el postmodernismo como por otras corrientes de índole místico o religioso, incluso las que se expresan en clave científica, tienen su base material, real (que las determina no lineal, ni unívoca, sino dialécticamente) en lo irracional del sistema social actual, que ha llegado a la paradoja de haber desarrollado hasta tal punto la ciencia y la tecnología, que le permitirían alimentar y abastecer con los recursos elementales de sobrevivencia (salud, educación, vestimenta, solución habitacional) a la totalidad de la humanidad (aproximadamente 6000 millones de personas) y sin embargo, por la apropiación privada de los productos y los recursos de esta producción a gran escala (producción social), este abastecimiento elemental y básico está impedido.
Cuando un régimen social de producción llega a este punto, es un síntoma inconfundible de su caducidad histórica. El capitalismo actual no puede otra cosa que sacrificar generaciones enteras de seres humanos a la tarea históricamente reaccionaria de mantener en pie un sistema social caduco. La praxis científica y política de la humanidad, debería tener presente este hecho, y orientarse a su superación.
Bibliografía
Tecla, Alfredo. Teoría, Método y Técnicas en la investigación social. México, 1995
Calello, Hugo y Neuhaus, Susana. Método y antimétodo. Proceso y diseño de la investigación interdisciplinaria en ciencias humanas, UBA, Bs.As. 1997.
Rieznik, Pablo. El mundo no empezó en 4004 antes de Cristo. Biblos, Bs.As. 2006.
Peirce, Ch.S. La Ciencia de la Semiótica. Ediciones Nueva Visión, Bs.As, 1974
Eagleton, Terry. Las ilusiones del posmodernismo. Paidos, Bs.As. 1997
Meiksins Wood, Ellen. “Introducción”, Monthly Review, Julio de 1995
Geymonat, Ludovico. Historia de la Filosofía y de la ciencia, Editorial Crítica, Barcelona, 1985.
Eduardo R. Scribano (coord.) Metodología de las Ciencias Sociales, Lógica, lenguaje y racionalidad, Ed. Macchi, Bs.As, 1999
Klimovsky, G. y Hidalgo, C. La inexplicable sociedad, AZ Editora, Bs.As, 2001.
Mason, Stephen F. Historia de las Ciencias. Alianza Editorial, Madrid, 1988
[1] Tengo presente en este momento la conferencia inaugural pronunciada por Klimovsky de las IV Jornadas de Epistemología de las Ciencias Económicas, 1998.
[2] La “representividad” que le otorgo a la afirmación de Klimovsky toma en cuenta la “representatividad” personal e intelectual de éste pensador en el mundo académico y científico argentino.
[3] Klimovsky, en la conferencia ut supra mencionada, postula que el problema de aplicación de la tecnología a malos fines, por ejemplo el armamentismo, es un problema de la política, más precisamente “de la cultura política”. Sostiene que “eso algún día se va a solucionar, no hablando contra la ciencia, sino con las enseñanzas debidas acerca de cuál es la oportunidad para aplicar o no aplicar esa técnica”. Esta concepción, sin embargo, es en sí misma toda una concepción política, que postula un lugar de relación de la ciencia con la política y con la educación.
[4] Eagleton, Terry. Las ilusiones del posmodernismo. Paidos, Bs.As. 1997
[5] Es interesante considerar el siguiente ángulo: en las críticas que la izquierda le formuló por lo general a las corrientes postmodernistas a lo largo de estos años, se hizo especial hincapié en cuestionar el pretendido “cambio de época” que postulaba el propio postmodernismo (Lyotard, Fukuyama, etc.). Este “cambio de época”, la “postmodernidad”, se basaba en la modificación de la estructura productiva de la sociedad, que se había transformado en una “sociedad del conocimiento” donde se habían dejado atrás los elementos clásicos sustanciales del capitalismo. La izquierda hizo bandera en este cuestionamiento sin tener presente las modificaciones o los efectivos “cambios de época” que se producían en el propio ámbito político, de la que por otra parte, esta izquierda era “ciega”. Estos cambios marcaban efectivamente un cambio profundo, si bien no en la estructura capitalista de la sociedad, si en las relaciones y los equilibrios políticos que se habían establecido con posterioridad a la segunda guerra mundial para sostener al capitalismo mundial, y que con posterioridad a 1973, fueron profundamente alteados.
[6] Meiksins Wood, Ellen. “Introducción”, Monthly Review, Julio de 1995
[7] Geymonat, Ludovico. Historia de la Filosofía y de la ciencia, Editorial Crítica, Barcelona, 1985.
[8] Es muy conocida la afirmación peirceana que señala: “En lo tocante al ideal que debe tenderse, es conveniente en primer lugar, que cada rama de la ciencia llegue a tener un vocabulario que provea una familia de palabras afines para cada concepción científica y que cada palabra tenga un único significado exacto...Este requisito, debería ser entendido de modo tal que hiciera absolutamente imposible la confusión...” Peirce, Ch.S. La Ciencia de la Semiótica. Ediciones Nueva Visión, Bs.As, 1974
[9] Tecla, Alfredo. Teoría, Método y Técnicas en la investigación social. México, 1995
[10] Calello, Hugo y Neuhaus, Susana. Método y antimétodo. Proceso y diseño de la investigación interdisciplinaria en ciencias humanas, UBA, Bs.As. 1997.
[11] Rieznik, Pablo. El mundo no empezó en 4004 antes de Cristo. Biblos, Bs.As. 2006.
[12] Op. Citada