Brasil: El trabajo esclavo y el problema del estado.
Diego Toscano
Introducción
El objeto del presente trabajo es sintetizar críticamente el material bibliográfico revisado para el cursado de la materia de postgrado “Sistemas políticos comparados. Argentina y Brasil, Siglo XIX”, del doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad de Tucumán (U.N.T.), cursada en el año 2006.
Esta tarea de síntesis se hizo sobre un corpus bibliográfico que tiene dos grandes betas: una, la de la historiografía oficial, condensada en escritos dispersos y no sistemáticos de Natalio Botana, José Murilo Carvalho, Emilia Viotti de Costa, Boris Fausto, entre otros. La otra beta, también revisada de forma asistemática, es una incipiente historiografía marxista no académica sino militante, expresada en artículos teóricos[1] de Osvaldo Coggiola, Rui Costa Pimenta, Joao Stedile, Eugenio Gastiazoro, entre otros.
De la comparación crítica entre ambos surge claramente -lo que ya es un clásico en los cruces de estas dos tradiciones historiográficas- el problema del estado, o sea la concepción diferenciada acerca del rol del estado en los procesos sociales que oponen a una y a otra. En una, el estado ocupa un papel organizador de la vida social, incluso aceptando que se trata de una herramienta de dominación; en la otra, el estado es una herramienta de opresión de clase, profundamente desorganizadora del proceso social, o lo que es lo mismo, garante de que los beneficios de este proceso social sean acumulados por las clases opresoras, cualquiera sea el nivel de organización o anarquía que impere en la vida social de conjunto.
A la luz de esta diferencia, puede entenderse la polémica[2] que se establece sobre el problema de la esclavitud y la configuración del régimen político brasileño entre estas dos tradiciones.
Lo que sigue es un boceto aproximativo al estudio de esta polémica. No pretende mayor alcance que un trabajo de focalización con la luz de las investigaciones mencionadas. En sus conclusiones, considero hasta que punto el método comparativo y el cruce de tendencias historiográficas es positivo y metodológicamente útil para la elaboración de teorías más explicativas de los procesos sociales y hasta que punto contribuye para el abordaje del proceso político e histórico argentino.
Como reflejo de la teoría (el idealismo en historia) y su inversión
Según la mayoría de los historiadores de este proceso, el problema político fundamental que tuvieron que abordar las jóvenes naciones latinoamericanas a lo largo del siglo XIX fue la constitución de un “orden político” a su interior, o sea la puesta en pie de Estados nacionales.
Estos estados debían expresar las nuevas condiciones políticas alcanzadas a través de la lucha por la independencia y a la vez, las nuevas relaciones sociales que se desprendían de la creciente inserción de estas naciones en el mercado mundial. Esta tarea consumió gran parte de las energías políticas que emergieron a lo largo del siglo.
Sin embargo, en la constitución de estos estados, se hizo claramente evidente el retraso con el que estas naciones ingresaban al “orden mundial” como así también las diferencias estructurales que tenían con los sectores más avanzados y más dinámicos del mismo. En la constitución de las naciones latinoamericanas pesó de manera fundamental la ausencia de una clase social dispuesta a un movilización revolucionaria que pusiera fin al latifundio y a todas las formas precapitalistas de trabajo y poder, o sea, que desarrollase las tareas necesarias para la constitución de unidades nacionales fuertes, basadas en la creación de un mercado interno, como sucedía en los Estados Unidos del norte de América.
La ausencia de una burguesía criolla revolucionaria, de un lado, y del otro la falta de voluntad transformadora de las clases que pudieron sustituirla, marcó tempranamente los límites de los procesos emancipatorios latinoamericanos, que no eran otros que los de la oligarquía criolla de cada lugar. Así las cosas, los procesos de constitución estatal de los países latinoamericanos estuvieron condicionados por los intereses localistas de estas oligarquías y su “política económica” basada fundamentalmente en el monocultivo primario para el mercado mundial.
La fragmentación creciente de las unidades políticas latinoamericanas fue la expresión política de este condicionamiento de origen. Esta tendencia a la fragmentación se procesó en un largo período de crisis que no es el objeto de este trabajo considerar. Cabe destacar, sin embargo, por su importancia, que en el transcurso de esta tendencia a la fragmentación nacional, intervino de manera muy activa un factor: Inglaterra, la mayor potencia europea de la época y vanguardia del colonialismo moderno, la que actuó como un gran factor de dislocación política en América Latina.
Inglaterra pretendía obtener un dominio político y económico sobre estos territorios, pero no de manera directa, a la vieja usanza colonial -como pretendía todavía por esta época España- sino adaptándose a las nuevas coyunturas. El papel que juega Inglaterra en el proceso de “constitución” de los estados nacionales, es por esto mismo, fundamental.
El presente enfoque va a considerar la particularidad del caso brasileño, en el sentido de que esta tendencia a la fragmentación encuentra en Brasil una expresión y una suerte de límite -por la estructuración de una unidad política significativa, de peso geográfico y demográfico- y la vinculación que tiene esta particularidad con la estructura económica predominante en el Brasil del siglo XIX, o sea el latifundio y el trabajo esclavo.
Portugal, Brasil, Inglaterra
Como señala el historiador argentino-brasileño Osvaldo Coggiola: “A diferencia de la América Española, las ex colonias portuguesas mantuvieron su unidad después de la independencia, en 1822. Pero eso no evitó (al contrario, agravó) las consecuencias del atraso económico y político, desmintiendo la tesis de Jorge Abelardo Ramos y de los nacionalistas en general de que la sola unidad produciría la independencia, el desarrollo de las fuerzas productivas y la modernidad capitalista”. Así “la preservación de la unidad se debió a las peculiaridades de la independencia brasileña ... proclamada por la propia monarquía portuguesa... estableciendo una continuidad directa entre la administración colonial y la independiente”. Esta “peculiaridad” debe ser vista “sólo como un caso extremo en el contextos de las independencias latinoamericanas, pues esas características conservadoras / continuistas estuvieron presentes en todas partes.” [3]
La historiografía marxista insiste en analizar la historia brasilera en su vinculación con la constitución del mercado mundial. Ninguna diferencia justifica que se separe el proceso latinoamericano en su vinculaciones mutuas. Brasil representa una tendencia extrema en este desarrollo, cuyas particularidades provienen de una serie de determinaciones de origen, pero incluso estos orígenes diferenciados deben ser analizados a la luz del proceso común de surgimiento del capitalismo en el que ambos procesos están envueltos. La conquista de América es parte del muy sangriento proceso de acumulación originaria del capital, que se extiende mundialmente a lo largo de los siglos XVI y XVII.
Por su parte, la particularidad política brasilera –el régimen de monarquía constitucional- se basa en que durante el proceso independentista no fueron derrotados los proyectos monárquicos como sí lo fueron en los procesos de independencia del resto del continente. Boris Fausto, en su Historia concisa de Brasil, señala la importancia de dos factores en apariencia menores: el traslado de la familia real hacia la colonia y la apertura de los puertos brasileños al comercio exterior, lo que puso “fin al sistema colonial” de hecho. Este traslado de toda la corte monárquica portuguesa a Brasil, fue custodiado y avalado por Inglaterra, principal contendiente en la lucha contra la Francia napoleónica.
Inglaterra expresaba de esta manera un amplio pragmatismo en política exterior, una de las características decisivas de su colonialismo. Hacia 1810, a través de una serie de “acuerdos” comerciales, Inglaterra había transformado a Portugal en un semi-protectorado y a Brasil en una colonia inglesa. Esta situación no cambió sustancialmente con el regreso de la Corte a Portugal y la apertura del proceso independentista en Brasil.
El régimen político brasilero adoptó la forma monárquica, en ese cuadro, como un intento de salida a la crisis política que se desató en la lucha independentista, en la que se enfrentaron distintas fracciones de las clases poseedoras entre sí, y cuyo punto más alto fue la disolución por la fuerza de la Asamblea Constituyente de 1823.
La primera constitución brasilera -en la cual se establecen las características políticas de este régimen monárquico- fue una constitución impuesta al pueblo desde arriba y expresó un acuerdo precario para mantener intacto el poder de las oligarquías esclavistas. En esta primera constitución brasilera no figuran, sin embargo, los esclavos, o sea que el poder constituyente omite legislar sobre el principal sistema de explotación de la estructura productiva del país. Boris Fausto habla del “avance” que implica esta constitución al organizar los poderes y “garantizar los derechos individuales”. [4]
El régimen monárquico lograba dar, por esta vía, una representación a las oligarquías regionales aunque esta fuera sólo parcial. Pero esta representación parcial fue tolerada por estas oligarquías porque les garantizaba una mayor estabilidad de su régimen social de dominación, mucho más que cualquier otra forma de gobierno más republicana o más representativa que pudiera tantearse por la época. Las crisis coexistentes de las repúblicas vecinas así lo demostraban. La explicación del por qué del mantenimiento del régimen monárquico no es del todo satisfactoria ni explicativa en la bibliografía revisada (en las distintas tradiciones historiográficas). No abunda ésta en las motivaciones y las limitaciones que tienen estas oligarquías para encontrar una forma de administración más barata y dócil a sus intereses.
En este sentido, la sola mención al carácter garantizador de la monarquía constitucional con respecto al régimen esclavista no parece suficiente. Es necesario dar cuenta de las inmensas rebeliones de esclavos que se venían sucediendo en el Brasil desde el siglo anterior, de la radicalización creciente de las mismas, y fundamentalmente, de las secuelas políticas del triunfo de la revolución haitiana. El conjunto de las clases poseedoras brasileras tenían fresco en su imaginario social este proceso y no estaban dispuestas por ningún motivo a tolerarlo, ni a movilizar y a armar a las masas esclavas en ningún proceso independentista o republicano más profundo.
En resumen, la particularidad del proceso político brasileño esta dictada por la unidad que mantienen las distintas regiones de la ex colonia lusitana y por su organización política bajo forma monárquica (en contraste a las tendencias republicanas de los restantes países) y también, por el mantenimiento del régimen esclavista. Estos aspectos son determinados por un proceso histórico puntual que es el tránsito del modelo de inserción de Brasil en el mercado mundial. El papel de Inglaterra en todo este proceso debe ser destacado, por un lado, y desmitificado por el otro, pues la historiografía tradicional, como se verá, lo ha consagrado como un factor de peso en la disolución posterior del régimen esclavista. En contraposición, la historiografía marxista explicita los aspectos del desarrollo combinado y desigual del conjunto del mercado mundial como un todo, señala el papel clave del esclavismo brasilero (y del esclavismo en general) en el proceso de acumulación capitalista e intenta explicar las relaciones de condicionamiento del régimen de propiedad (el latifundio) con el sistema político.
Esclavismo y latifundio
El problema del esclavismo debe ser abordado de manera puntual. Desde la antigüedad, distintas formas de sometimiento y esclavismo se fueron alternando en la historia. Durante todo un período histórico, el modo de producción predominante fue la esclavitud. Ante sus límites históricos, fue reemplazado por otras formas de producción que no alteraron el carácter opresivo de la relaciones de producción en los nuevos sistemas productivos. La esclavitud, aunque de manera marginal y acotada y asumiendo nuevas formas, no desapareció de la faz de la tierra, incluso hasta la actualidad.
Sin embargo, para considerar la esclavitud de este período histórico es necesario precisar su lugar. Distintos historiadores, incluso historiadores marxistas, la consideran un resabio del pasado pre-capitalista que a su tiempo, el desarrollo burgués habría de liquidar[5]. Otros, señalan su vinculación indisoluble con los procesos de formación del régimen capitalista y postulan su unidad.
Pero en términos generales, puede considerarse que la esclavitud cobra una nueva forma y conoce un nuevo auge con la revolución industrial y la transformación del mundo ocurrida en la primera mitad del siglo XIX. “Dado que la esclavitud moderna surgió en las primeras etapas del desarrollo capitalista, las motivaciones de los propietarios de esclavos coloniales eran las mismas que las de las burguesías de las metrópolis: obtener al menos la tasa media de ganancia y si era posible más.” Daniel Gaido, profesor de la Universidad de Haifa en su estudio sobre la esclavitud en EEUU en el siglo XIX, afirma que el esclavismo algodonero estaba en decadencia a fines del siglo XVIII y que experimentó un rápido resurgimiento con la transformación industrial de comienzos del siglo XIX por lo que puede hablarse de que “la esclavitud algodonera es una hija legítima del temprano capitalismo industrial.”
Las diferencias entre el sistema esclavista norteamericano y el sistema esclavista brasilero son, a su vez, útiles a la hora de trazar las particularidades del desarrollo desigual de las distintas economías como así también sus puntos de contacto. Emilia Viotti de Costa, historiadora de este período, señala la vinculación existente entre la política de tierras y la política de “mano de obra” en cada punto determinado del desarrollo económico: en este período asistimos a una expansión de los cultivos con fines comerciales y a una disminución de la economía de subsistencia, lo que trae aparejado el desplazamiento de miles de pequeños propietarios y la consolidación definitiva del latifundio.
Para los historiadores marxistas el régimen político y el régimen de propiedad de tierras forman una unidad. El poder del latifundio brasilero, la ausencia de una burguesía industrial y las presiones del mercado internacional configuran un cuadro que impide el desarrollo de la pequeña propiedad agraria. “Los resultados de los diferentes regímenes de EEUU y Brasil independientes pueden se medidos en cifras: mientras en el primero el número de manufacturas pasa de 123000 a 354000 entre 1848 y 1870, en este último año en Brasil tenemos solo 200. Mientras en EEUU, en 1861, 32000 millas de vías férreas unifican el territorio, ya casi totalmente ocupado, en el mismo año estaba comenzando la construcción de la primera vía de ferrocarril en el Brasil de los latifundios semideshabitados.[6]”
El peso del latifundio es resaltado en los distintos abordajes sobre el período. La participación latinoamericana en el proceso de acumulación capitalista no quebró los marcos del poder oligárquico, sino que “se fue adaptando a ellos”.
El esclavismo, que se correspondió a este proceso, no puede ser visto sólo como una expresión residual del formas de explotación pre-capitalistas, sino como un componente esencial de los inicios del sistema capitalista y de sus desarrollos. En este sentido cabe destacar que la esclavitud negra “no estuvo sola”, ni en Brasil, ni en América Latina. Bajo distintas formas, el trabajo forzado fue la constante en las plantaciones y en las minas de América latina. Hasta el siglo XVII, predominaban distintas formas de esclavitud indígena.
Sin embargo, la utilización de una mano de obra de alto rendimiento (por el grado de explotación) y de bajo costo (por las deplorables condiciones de vida de los esclavos) no explica la configuración de por si de un régimen de producción esclavista. Es necesario apuntar que este surge sobre la base de un mecanismo de importación de mercancías (esclavos) que preexistía al boom esclavista, y estaba integrado plenamente al mercado mundial, posibilitado fundamentalmente por la sumisión militar de las colonias africanas por parte de un grupo de potencias europeas. Este mercado tenía una alta rentabilidad en sí, y a la vez, la producción intensiva con mano de obra esclava, generaba una rentabilidad importante en el sistema de producción latifundista.
En el siglo XIX, Brasil era una sociedad plenamente esclavista, que basaba su economía en el mantenimiento del latifundio y en la producción primaria para el mercado mundial. A su vez, la política brasilera, se asentaba sobre la violencia que permitía mantener en pie este sistema esclavista. El proceso de constitución de su estado moderno y su proceso de independencia, sin embargo, dejaran intacta esta base social y política preexistente.
El régimen político y las rebeliones de esclavos
No puede considerarse el régimen político brasilero sin dar cuenta de la historia de las rebeliones esclavas que cruzaron todo el siglo XVIII y el siglo XIX. Desde los llamados Quilombos hasta las insurrecciones negras de Bahía, estas rebeliones expresan el agotamiento creciente de este modo de producción, o sea la revuelta de sus fuerzas productivas contra las camisas de fuerza de la formas sociales y jurídicas de producción. Expresan, contradictoriamente, la necesidad productiva del esclavismo y su agotamiento histórico.
Como ya se señaló anteriormente, tampoco pueden desconocerse los efectos psicológicos en la elite política brasilera de las revueltas negras en las Antillas y particularmente, de la revolución negra en Haití.
El temor a las revueltas de esclavos configuró un régimen político de opresión que se asentó en la “institucionalizaçao da mais salvajem viôlencia contra os que ousassem desafiar o regime establecido”, como señala Rui Costa Pimenta. [7]
La historiografía tradicional construyó el mito de la “democracia racial brasilera” que pretendía minimizar los niveles de crueldad de este régimen esclavista, basado en las guardias armadas de los latifundistas y en el aniquilamiento sistemático de la población negra. Sin embargo, aquí esta la clave para entender el papel del estado, pues aunque este era “prescindente” cuando se trataba de mantener el dominio sobre los esclavos por medio de los métodos tradicionales (guardias armadas), se volvía totalmente necesario cuando las revueltas de esclavos desbordaban el control de los señores esclavistas y sus estructuras represivas privadas.
Murilho Carvalho, siguiendo a Hermes Lima, sostiene que la centralización monárquica favorecía el mantenimiento de la esclavitud a la vez que limitaba las iniciativas abolicionistas de algunas provincias. Sin embargo, discrepa sobre el alcance de este ángulo, a cuenta de que el proyecto unitario era previo a las preocupaciones sobre la esclavitud. La opción política de la centralización por la que opta la élite brasilera decimonónica debe explicarse más allá del problema de la esclavitud, sostiene.
Sin duda alguna, no puede encontrarse una monocausalidad en los procesos históricos. Pero tampoco puede entenderse el tipo de centralización política por la que “opta” la elite dirigente y propietaria brasilera al margen de los procesos de lucha de los esclavos, que preceden, al debate sobre el esclavismo e incluso a todas las corrientes de agitación abolicionista. En realidad, un análisis más preciso debería determinar que el llamado “problema de la esclavitud” surge como un problema político, o sea de debate de las corrientes en disputa, con posterioridad y como consecuencia de las rebeliones esclavas que cruzan el siglo XVIII y XIX. Las grandes rebeliones esclavas, como el Quilombo de Palmares, son la constante de la estructura de clases de la sociedad brasilera colonial y la herencia “negra” de la independencia.
La monarquía, en tanto poder de centralización e imaginario social de centralización, lo era en tanto el temor a la fragmentación regional de Brasil (que era una realidad latente como lo expresan los casos de Pernambuco y Bahía) y al debilitamiento que esto implicaría para cada una de las oligarquías regionales en relación al mantenimiento de sus propiedades y las revueltas de esclavos. Es decir, que el arbitrio entre fracciones de las clases dirigentes estaba en función del mantenimiento de estas como un conjunto opuesto a las clases oprimidas. Como señala Boris Fausto, el núcleo explicativo fundamental para abordar el problema de la unidad territorial lo constituye la estructura esclavista. Pero no en el sentido de un debilitamiento regional “frente a las presiones internacionales antiesclavistas lideradas por Inglaterra”[8], como sostiene, sino frente a estas en el cuadro de las crecientes rebeliones de esclavos.
El régimen político esclavista encuentra en la monarquía una salida a sus contradicciones internas y una garantía de poder estatal centralizado contra las rebeliones esclavas.
Por eso, la primera constitución brasilera no legisla sobre el problema esclavo y lo deja librado a la lucha política que la unidad naciente pudiera desarrollar contra las tendencias disgregadoras en curso. Cabe señalar, que ya en el año 1813, la Asamblea Constituyente Argentina había avanzado sobre los derechos de los esclavos, aunque de una manera parcial.
Al margen de esto, el régimen político brasilero, integrado por sus dos partidos imperiales, no logra una estabilización política duradera, de la misma manera que no lo habían logrado por la vía republicana los países vecinos. La base de esta inestabilidad, es el atraso económico y las tensiones propias de su inserción desigual en el mercado mundial.
Conclusiones
Este boceto aproximativo al estudio de la polémica sobre la esclavitud y el régimen político brasilero en las dos tradiciones historiográficas revisadas, debería concluir en señalar que el gran punto de conflicto entre ambas, está dado por el lugar que cada una le otorga al papel que Inglaterra juega en el proceso abolicionista. Una línea insiste en señalar el papel disolvente que las presiones inglesas jugaron sobre el régimen esclavista, la otra niega este papel y esta visión unilateral, considera a Inglaterra un beneficiario indirecto del sistema esclavista, y señala que el papel de la misma estuvo condicionado por la necesidad de controlar y asistir al dislocamiento de este régimen, ocurrido como consecuencia de las sublevaciones esclavas.
Esta última tendencia considera que la abolición (y con ella todo el problema del esclavismo y el régimen político) fue la culminación de una de las más amplias y sostenidas movilizaciones populares de Brasil, una suerte de revolución democrática frustrada.
En la base política y metodológica de ambas consideraciones, emerge el problema del sistema mundial como totalidad, la estructura y desarrollo del colonialismo y la emergencia de las primeras formas de dominación de los monopolios y el imperialismo moderno.
El método comparativo ayuda a focalizar las particularidades de los procesos históricos y a no perder de vista el proceso general. El cruce de tendencias historiográficas ayuda, a su vez, a poner de manifiesto los puntos sobre los que cada tendencia apunta y a entender las motivaciones históricas y sociales que tienen para hacerlo.
En el debate historiográfico actual, particularmente en el argentino en el que surgieron “como hongos” los análisis no tradicionales (Felipe Pigna, Jorge Lanata, etc.) como expresión más general de la crisis de la historiografía tradicional, la comparación metodológica entre las distintas tendencias puede ayudar a ponerle seriedad científica al debate y darle nuevos rumbos de cara al gran debate del bicentenario.
Bibliografía
Calmón, P. (1937) Historia de la civilización brasilera, Bs.As: Imprenta Mercantil
Coggiola, O. (1992) 1492-1992, El capitalismo festeja su senilidad, en En Defensa del Marxismo, Nº5, Bs.As.
Fausto, B. (2003) Historia consisa de Brasil, Bs.As: Fondo de Cultura Económica
Gaido, D (2003) Un análisis materialista de la esclavitud y la aparcería en el sur de EEUU, en En Defensa del Marxismo, Nº 31, Bs.As.
Iglesias, F. (1995) Historia contemporánea del Brasil, México: Fondo de Cultura Económica.
Martins Luciano (1965) Aspectos políticos de la revolución brasilera, en Revista Latinoamericana de Sociología, Nº 65-.3, Bs.As.
Murilho de Carvalho, J. (1981) A construçao da ordem, Brasilia: INB
Viotti da Costa, E (1991) Brasil: De la monarquía a la república, México: Consejo Nacional para la Cultura y las artes
Costa Pimenta, R. Aboliçao, a revoluçao frustrada. Publicado en internet
[1] Por “artículos teóricos” se entiende una serie de artículos y publicaciones formuladas dentro de las organizaciones militantes, que no tienen el objetivo de analizar la coyuntura sino encontrar explicaciones e interpretaciones a procesos históricos o culturales desde un punto de vista general y desde una perspectiva marxista. Muchas veces, la única vinculación académica de estos artículos es el hecho de que sus autores son profesores o estudiantes universitarios.
[2] La polémica es establecida por los autores marxistas de manera explícita en sus artículos.
[3] Coggiola, O. (1992) 1492-1992, El capitalismo festeja su senilidad, en En Defensa del Marxismo, Nº5, Bs.As.
[4] Fausto, B. (2003) Historia consisa de Brasil, Bs.As: Fondo de Cultura Económica, p. 72
[5] Nelson Weneck Sodré
[6] Coggiola, O. op. cit
[7] Costa Pimenta, R. Aboliçao, revoluçao frustrada.
[8] Boris Fausto, op. cit