Brasil: El trabajo esclavo y el problema del estado.
Diego Toscano
Introducción
El objeto del presente trabajo es sintetizar críticamente el material bibliográfico revisado para el cursado de la materia de postgrado “Sistemas políticos comparados. Argentina y Brasil, Siglo XIX”, del doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad de Tucumán (U.N.T.), cursada en el año 2006.
Esta tarea de síntesis se hizo sobre un corpus bibliográfico que tiene dos grandes betas: una, la de la historiografía oficial, condensada en escritos dispersos y no sistemáticos de Natalio Botana, José Murilo Carvalho, Emilia Viotti de Costa, Boris Fausto, entre otros. La otra beta, también revisada de forma asistemática, es una incipiente historiografía marxista no académica sino militante, expresada en artículos teóricos[1] de Osvaldo Coggiola, Rui Costa Pimenta, Joao Stedile, Eugenio Gastiazoro, entre otros.
De la comparación crítica entre ambos surge claramente -lo que ya es un clásico en los cruces de estas dos tradiciones historiográficas- el problema del estado, o sea la concepción diferenciada acerca del rol del estado en los procesos sociales que oponen a una y a otra. En una, el estado ocupa un papel organizador de la vida social, incluso aceptando que se trata de una herramienta de dominación; en la otra, el estado es una herramienta de opresión de clase, profundamente desorganizadora del proceso social, o lo que es lo mismo, garante de que los beneficios de este proceso social sean acumulados por las clases opresoras, cualquiera sea el nivel de organización o anarquía que impere en la vida social de conjunto.
A la luz de esta diferencia, puede entenderse la polémica[2] que se establece sobre el problema de la esclavitud y la configuración del régimen político brasileño entre estas dos tradiciones.
Lo que sigue es un boceto aproximativo al estudio de esta polémica. No pretende mayor alcance que un trabajo de focalización con la luz de las investigaciones mencionadas. En sus conclusiones, considero hasta que punto el método comparativo y el cruce de tendencias historiográficas es positivo y metodológicamente útil para la elaboración de teorías más explicativas de los procesos sociales y hasta que punto contribuye para el abordaje del proceso político e histórico argentino.
Como reflejo de la teoría (el idealismo en historia) y su inversión
Según la mayoría de los historiadores de este proceso, el problema político fundamental que tuvieron que abordar las jóvenes naciones latinoamericanas a lo largo del siglo XIX fue la constitución de un “orden político” a su interior, o sea la puesta en pie de Estados nacionales.
Estos estados debían expresar las nuevas condiciones políticas alcanzadas a través de la lucha por la independencia y a la vez, las nuevas relaciones sociales que se desprendían de la creciente inserción de estas naciones en el mercado mundial. Esta tarea consumió gran parte de las energías políticas que emergieron a lo largo del siglo.
Sin embargo, en la constitución de estos estados, se hizo claramente evidente el retraso con el que estas naciones ingresaban al “orden mundial” como así también las diferencias estructurales que tenían con los sectores más avanzados y más dinámicos del mismo. En la constitución de las naciones latinoamericanas pesó de manera fundamental la ausencia de una clase social dispuesta a un movilización revolucionaria que pusiera fin al latifundio y a todas las formas precapitalistas de trabajo y poder, o sea, que desarrollase las tareas necesarias para la constitución de unidades nacionales fuertes, basadas en la creación de un mercado interno, como sucedía en los Estados Unidos del norte de América.
La ausencia de una burguesía criolla revolucionaria, de un lado, y del otro la falta de voluntad transformadora de las clases que pudieron sustituirla, marcó tempranamente los límites de los procesos emancipatorios latinoamericanos, que no eran otros que los de la oligarquía criolla de cada lugar. Así las cosas, los procesos de constitución estatal de los países latinoamericanos estuvieron condicionados por los intereses localistas de estas oligarquías y su “política económica” basada fundamentalmente en el monocultivo primario para el mercado mundial.
La fragmentación creciente de las unidades políticas latinoamericanas fue la expresión política de este condicionamiento de origen. Esta tendencia a la fragmentación se procesó en un largo período de crisis que no es el objeto de este trabajo considerar. Cabe destacar, sin embargo, por su importancia, que en el transcurso de esta tendencia a la fragmentación nacional, intervino de manera muy activa un factor: Inglaterra, la mayor potencia europea de la época y vanguardia del colonialismo moderno, la que actuó como un gran factor de dislocación política en América Latina.
Inglaterra pretendía obtener un dominio político y económico sobre estos territorios, pero no de manera directa, a la vieja usanza colonial -como pretendía todavía por esta época España- sino adaptándose a las nuevas coyunturas. El papel que juega Inglaterra en el proceso de “constitución” de los estados nacionales, es por esto mismo, fundamental.
El presente enfoque va a considerar la particularidad del caso brasileño, en el sentido de que esta tendencia a la fragmentación encuentra en Brasil una expresión y una suerte de límite -por la estructuración de una unidad política significativa, de peso geográfico y demográfico- y la vinculación que tiene esta particularidad con la estructura económica predominante en el Brasil del siglo XIX, o sea el latifundio y el trabajo esclavo.
Portugal, Brasil, Inglaterra
Como señala el historiador argentino-brasileño Osvaldo Coggiola: “A diferencia de la América Española, las ex colonias portuguesas mantuvieron su unidad después de la independencia, en 1822. Pero eso no evitó (al contrario, agravó) las consecuencias del atraso económico y político, desmintiendo la tesis de Jorge Abelardo Ramos y de los nacionalistas en general de que la sola unidad produciría la independencia, el desarrollo de las fuerzas productivas y la modernidad capitalista”. Así “la preservación de la unidad se debió a las peculiaridades de la independencia brasileña ... proclamada por la propia monarquía portuguesa... estableciendo una continuidad directa entre la administración colonial y la independiente”. Esta “peculiaridad” debe ser vista “sólo como un caso extremo en el contextos de las independencias latinoamericanas, pues esas características conservadoras / continuistas estuvieron presentes en todas partes.” [3]
La historiografía marxista insiste en analizar la historia brasilera en su vinculación con la constitución del mercado mundial. Ninguna diferencia justifica que se separe el proceso latinoamericano en su vinculaciones mutuas. Brasil representa una tendencia extrema en este desarrollo, cuyas particularidades provienen de una serie de determinaciones de origen, pero incluso estos orígenes diferenciados deben ser analizados a la luz del proceso común de surgimiento del capitalismo en el que ambos procesos están envueltos. La conquista de América es parte del muy sangriento proceso de acumulación originaria del capital, que se extiende mundialmente a lo largo de los siglos XVI y XVII.
Por su parte, la particularidad política brasilera –el régimen de monarquía constitucional- se basa en que durante el proceso independentista no fueron derrotados los proyectos monárquicos como sí lo fueron en los procesos de independencia del resto del continente. Boris Fausto, en su Historia concisa de Brasil, señala la importancia de dos factores en apariencia menores: el traslado de la familia real hacia la colonia y la apertura de los puertos brasileños al comercio exterior, lo que puso “fin al sistema colonial” de hecho. Este traslado de toda la corte monárquica portuguesa a Brasil, fue custodiado y avalado por Inglaterra, principal contendiente en la lucha contra la Francia napoleónica.
Inglaterra expresaba de esta manera un amplio pragmatismo en política exterior, una de las características decisivas de su colonialismo. Hacia 1810, a través de una serie de “acuerdos” comerciales, Inglaterra había transformado a Portugal en un semi-protectorado y a Brasil en una colonia inglesa. Esta situación no cambió sustancialmente con el regreso de la Corte a Portugal y la apertura del proceso independentista en Brasil.
El régimen político brasilero adoptó la forma monárquica, en ese cuadro, como un intento de salida a la crisis política que se desató en la lucha independentista, en la que se enfrentaron distintas fracciones de las clases poseedoras entre sí, y cuyo punto más alto fue la disolución por la fuerza de la Asamblea Constituyente de 1823.
La primera constitución brasilera -en la cual se establecen las características políticas de este régimen monárquico- fue una constitución impuesta al pueblo desde arriba y expresó un acuerdo precario para mantener intacto el poder de las oligarquías esclavistas. En esta primera constitución brasilera no figuran, sin embargo, los esclavos, o sea que el poder constituyente omite legislar sobre el principal sistema de explotación de la estructura productiva del país. Boris Fausto habla del “avance” que implica esta constitución al organizar los poderes y “garantizar los derechos individuales”. [4]
El régimen monárquico lograba dar, por esta vía, una representación a las oligarquías regionales aunque esta fuera sólo parcial. Pero esta representación parcial fue tolerada por estas oligarquías porque les garantizaba una mayor estabilidad de su régimen social de dominación, mucho más que cualquier otra forma de gobierno más republicana o más representativa que pudiera tantearse por la época. Las crisis coexistentes de las repúblicas vecinas así lo demostraban. La explicación del por qué del mantenimiento del régimen monárquico no es del todo satisfactoria ni explicativa en la bibliografía revisada (en las distintas tradiciones historiográficas). No abunda ésta en las motivaciones y las limitaciones que tienen estas oligarquías para encontrar una forma de administración más barata y dócil a sus intereses.
En este sentido, la sola mención al carácter garantizador de la monarquía constitucional con respecto al régimen esclavista no parece suficiente. Es necesario dar cuenta de las inmensas rebeliones de esclavos que se venían sucediendo en el Brasil desde el siglo anterior, de la radicalización creciente de las mismas, y fundamentalmente, de las secuelas políticas del triunfo de la revolución haitiana. El conjunto de las clases poseedoras brasileras tenían fresco en su imaginario social este proceso y no estaban dispuestas por ningún motivo a tolerarlo, ni a movilizar y a armar a las masas esclavas en ningún proceso independentista o republicano más profundo.
En resumen, la particularidad del proceso político brasileño esta dictada por la unidad que mantienen las distintas regiones de la ex colonia lusitana y por su organización política bajo forma monárquica (en contraste a las tendencias republicanas de los restantes países) y también, por el mantenimiento del régimen esclavista. Estos aspectos son determinados por un proceso histórico puntual que es el tránsito del modelo de inserción de Brasil en el mercado mundial. El papel de Inglaterra en todo este proceso debe ser destacado, por un lado, y desmitificado por el otro, pues la historiografía tradicional, como se verá, lo ha consagrado como un factor de peso en la disolución posterior del régimen esclavista. En contraposición, la historiografía marxista explicita los aspectos del desarrollo combinado y desigual del conjunto del mercado mundial como un todo, señala el papel clave del esclavismo brasilero (y del esclavismo en general) en el proceso de acumulación capitalista e intenta explicar las relaciones de condicionamiento del régimen de propiedad (el latifundio) con el sistema político.
Esclavismo y latifundio
El problema del esclavismo debe ser abordado de manera puntual. Desde la antigüedad, distintas formas de sometimiento y esclavismo se fueron alternando en la historia. Durante todo un período histórico, el modo de producción predominante fue la esclavitud. Ante sus límites históricos, fue reemplazado por otras formas de producción que no alteraron el carácter opresivo de la relaciones de producción en los nuevos sistemas productivos. La esclavitud, aunque de manera marginal y acotada y asumiendo nuevas formas, no desapareció de la faz de la tierra, incluso hasta la actualidad.
Sin embargo, para considerar la esclavitud de este período histórico es necesario precisar su lugar. Distintos historiadores, incluso historiadores marxistas, la consideran un resabio del pasado pre-capitalista que a su tiempo, el desarrollo burgués habría de liquidar[5]. Otros, señalan su vinculación indisoluble con los procesos de formación del régimen capitalista y postulan su unidad.
Pero en términos generales, puede considerarse que la esclavitud cobra una nueva forma y conoce un nuevo auge con la revolución industrial y la transformación del mundo ocurrida en la primera mitad del siglo XIX. “Dado que la esclavitud moderna surgió en las primeras etapas del desarrollo capitalista, las motivaciones de los propietarios de esclavos coloniales eran las mismas que las de las burguesías de las metrópolis: obtener al menos la tasa media de ganancia y si era posible más.” Daniel Gaido, profesor de la Universidad de Haifa en su estudio sobre la esclavitud en EEUU en el siglo XIX, afirma que el esclavismo algodonero estaba en decadencia a fines del siglo XVIII y que experimentó un rápido resurgimiento con la transformación industrial de comienzos del siglo XIX por lo que puede hablarse de que “la esclavitud algodonera es una hija legítima del temprano capitalismo industrial.”
Las diferencias entre el sistema esclavista norteamericano y el sistema esclavista brasilero son, a su vez, útiles a la hora de trazar las particularidades del desarrollo desigual de las distintas economías como así también sus puntos de contacto. Emilia Viotti de Costa, historiadora de este período, señala la vinculación existente entre la política de tierras y la política de “mano de obra” en cada punto determinado del desarrollo económico: en este período asistimos a una expansión de los cultivos con fines comerciales y a una disminución de la economía de subsistencia, lo que trae aparejado el desplazamiento de miles de pequeños propietarios y la consolidación definitiva del latifundio.
Para los historiadores marxistas el régimen político y el régimen de propiedad de tierras forman una unidad. El poder del latifundio brasilero, la ausencia de una burguesía industrial y las presiones del mercado internacional configuran un cuadro que impide el desarrollo de la pequeña propiedad agraria. “Los resultados de los diferentes regímenes de EEUU y Brasil independientes pueden se medidos en cifras: mientras en el primero el número de manufacturas pasa de 123000 a 354000 entre 1848 y 1870, en este último año en Brasil tenemos solo 200. Mientras en EEUU, en 1861, 32000 millas de vías férreas unifican el territorio, ya casi totalmente ocupado, en el mismo año estaba comenzando la construcción de la primera vía de ferrocarril en el Brasil de los latifundios semideshabitados.[6]”
El peso del latifundio es resaltado en los distintos abordajes sobre el período. La participación latinoamericana en el proceso de acumulación capitalista no quebró los marcos del poder oligárquico, sino que “se fue adaptando a ellos”.
El esclavismo, que se correspondió a este proceso, no puede ser visto sólo como una expresión residual del formas de explotación pre-capitalistas, sino como un componente esencial de los inicios del sistema capitalista y de sus desarrollos. En este sentido cabe destacar que la esclavitud negra “no estuvo sola”, ni en Brasil, ni en América Latina. Bajo distintas formas, el trabajo forzado fue la constante en las plantaciones y en las minas de América latina. Hasta el siglo XVII, predominaban distintas formas de esclavitud indígena.
Sin embargo, la utilización de una mano de obra de alto rendimiento (por el grado de explotación) y de bajo costo (por las deplorables condiciones de vida de los esclavos) no explica la configuración de por si de un régimen de producción esclavista. Es necesario apuntar que este surge sobre la base de un mecanismo de importación de mercancías (esclavos) que preexistía al boom esclavista, y estaba integrado plenamente al mercado mundial, posibilitado fundamentalmente por la sumisión militar de las colonias africanas por parte de un grupo de potencias europeas. Este mercado tenía una alta rentabilidad en sí, y a la vez, la producción intensiva con mano de obra esclava, generaba una rentabilidad importante en el sistema de producción latifundista.
En el siglo XIX, Brasil era una sociedad plenamente esclavista, que basaba su economía en el mantenimiento del latifundio y en la producción primaria para el mercado mundial. A su vez, la política brasilera, se asentaba sobre la violencia que permitía mantener en pie este sistema esclavista. El proceso de constitución de su estado moderno y su proceso de independencia, sin embargo, dejaran intacta esta base social y política preexistente.
El régimen político y las rebeliones de esclavos
No puede considerarse el régimen político brasilero sin dar cuenta de la historia de las rebeliones esclavas que cruzaron todo el siglo XVIII y el siglo XIX. Desde los llamados Quilombos hasta las insurrecciones negras de Bahía, estas rebeliones expresan el agotamiento creciente de este modo de producción, o sea la revuelta de sus fuerzas productivas contra las camisas de fuerza de la formas sociales y jurídicas de producción. Expresan, contradictoriamente, la necesidad productiva del esclavismo y su agotamiento histórico.
Como ya se señaló anteriormente, tampoco pueden desconocerse los efectos psicológicos en la elite política brasilera de las revueltas negras en las Antillas y particularmente, de la revolución negra en Haití.
El temor a las revueltas de esclavos configuró un régimen político de opresión que se asentó en la “institucionalizaçao da mais salvajem viôlencia contra os que ousassem desafiar o regime establecido”, como señala Rui Costa Pimenta. [7]
La historiografía tradicional construyó el mito de la “democracia racial brasilera” que pretendía minimizar los niveles de crueldad de este régimen esclavista, basado en las guardias armadas de los latifundistas y en el aniquilamiento sistemático de la población negra. Sin embargo, aquí esta la clave para entender el papel del estado, pues aunque este era “prescindente” cuando se trataba de mantener el dominio sobre los esclavos por medio de los métodos tradicionales (guardias armadas), se volvía totalmente necesario cuando las revueltas de esclavos desbordaban el control de los señores esclavistas y sus estructuras represivas privadas.
Murilho Carvalho, siguiendo a Hermes Lima, sostiene que la centralización monárquica favorecía el mantenimiento de la esclavitud a la vez que limitaba las iniciativas abolicionistas de algunas provincias. Sin embargo, discrepa sobre el alcance de este ángulo, a cuenta de que el proyecto unitario era previo a las preocupaciones sobre la esclavitud. La opción política de la centralización por la que opta la élite brasilera decimonónica debe explicarse más allá del problema de la esclavitud, sostiene.
Sin duda alguna, no puede encontrarse una monocausalidad en los procesos históricos. Pero tampoco puede entenderse el tipo de centralización política por la que “opta” la elite dirigente y propietaria brasilera al margen de los procesos de lucha de los esclavos, que preceden, al debate sobre el esclavismo e incluso a todas las corrientes de agitación abolicionista. En realidad, un análisis más preciso debería determinar que el llamado “problema de la esclavitud” surge como un problema político, o sea de debate de las corrientes en disputa, con posterioridad y como consecuencia de las rebeliones esclavas que cruzan el siglo XVIII y XIX. Las grandes rebeliones esclavas, como el Quilombo de Palmares, son la constante de la estructura de clases de la sociedad brasilera colonial y la herencia “negra” de la independencia.
La monarquía, en tanto poder de centralización e imaginario social de centralización, lo era en tanto el temor a la fragmentación regional de Brasil (que era una realidad latente como lo expresan los casos de Pernambuco y Bahía) y al debilitamiento que esto implicaría para cada una de las oligarquías regionales en relación al mantenimiento de sus propiedades y las revueltas de esclavos. Es decir, que el arbitrio entre fracciones de las clases dirigentes estaba en función del mantenimiento de estas como un conjunto opuesto a las clases oprimidas. Como señala Boris Fausto, el núcleo explicativo fundamental para abordar el problema de la unidad territorial lo constituye la estructura esclavista. Pero no en el sentido de un debilitamiento regional “frente a las presiones internacionales antiesclavistas lideradas por Inglaterra”[8], como sostiene, sino frente a estas en el cuadro de las crecientes rebeliones de esclavos.
El régimen político esclavista encuentra en la monarquía una salida a sus contradicciones internas y una garantía de poder estatal centralizado contra las rebeliones esclavas.
Por eso, la primera constitución brasilera no legisla sobre el problema esclavo y lo deja librado a la lucha política que la unidad naciente pudiera desarrollar contra las tendencias disgregadoras en curso. Cabe señalar, que ya en el año 1813, la Asamblea Constituyente Argentina había avanzado sobre los derechos de los esclavos, aunque de una manera parcial.
Al margen de esto, el régimen político brasilero, integrado por sus dos partidos imperiales, no logra una estabilización política duradera, de la misma manera que no lo habían logrado por la vía republicana los países vecinos. La base de esta inestabilidad, es el atraso económico y las tensiones propias de su inserción desigual en el mercado mundial.
Conclusiones
Este boceto aproximativo al estudio de la polémica sobre la esclavitud y el régimen político brasilero en las dos tradiciones historiográficas revisadas, debería concluir en señalar que el gran punto de conflicto entre ambas, está dado por el lugar que cada una le otorga al papel que Inglaterra juega en el proceso abolicionista. Una línea insiste en señalar el papel disolvente que las presiones inglesas jugaron sobre el régimen esclavista, la otra niega este papel y esta visión unilateral, considera a Inglaterra un beneficiario indirecto del sistema esclavista, y señala que el papel de la misma estuvo condicionado por la necesidad de controlar y asistir al dislocamiento de este régimen, ocurrido como consecuencia de las sublevaciones esclavas.
Esta última tendencia considera que la abolición (y con ella todo el problema del esclavismo y el régimen político) fue la culminación de una de las más amplias y sostenidas movilizaciones populares de Brasil, una suerte de revolución democrática frustrada.
En la base política y metodológica de ambas consideraciones, emerge el problema del sistema mundial como totalidad, la estructura y desarrollo del colonialismo y la emergencia de las primeras formas de dominación de los monopolios y el imperialismo moderno.
El método comparativo ayuda a focalizar las particularidades de los procesos históricos y a no perder de vista el proceso general. El cruce de tendencias historiográficas ayuda, a su vez, a poner de manifiesto los puntos sobre los que cada tendencia apunta y a entender las motivaciones históricas y sociales que tienen para hacerlo.
En el debate historiográfico actual, particularmente en el argentino en el que surgieron “como hongos” los análisis no tradicionales (Felipe Pigna, Jorge Lanata, etc.) como expresión más general de la crisis de la historiografía tradicional, la comparación metodológica entre las distintas tendencias puede ayudar a ponerle seriedad científica al debate y darle nuevos rumbos de cara al gran debate del bicentenario.
Bibliografía
Calmón, P. (1937) Historia de la civilización brasilera, Bs.As: Imprenta Mercantil
Coggiola, O. (1992) 1492-1992, El capitalismo festeja su senilidad, en En Defensa del Marxismo, Nº5, Bs.As.
Fausto, B. (2003) Historia consisa de Brasil, Bs.As: Fondo de Cultura Económica
Gaido, D (2003) Un análisis materialista de la esclavitud y la aparcería en el sur de EEUU, en En Defensa del Marxismo, Nº 31, Bs.As.
Iglesias, F. (1995) Historia contemporánea del Brasil, México: Fondo de Cultura Económica.
Martins Luciano (1965) Aspectos políticos de la revolución brasilera, en Revista Latinoamericana de Sociología, Nº 65-.3, Bs.As.
Murilho de Carvalho, J. (1981) A construçao da ordem, Brasilia: INB
Viotti da Costa, E (1991) Brasil: De la monarquía a la república, México: Consejo Nacional para la Cultura y las artes
Costa Pimenta, R. Aboliçao, a revoluçao frustrada. Publicado en internet
[1] Por “artículos teóricos” se entiende una serie de artículos y publicaciones formuladas dentro de las organizaciones militantes, que no tienen el objetivo de analizar la coyuntura sino encontrar explicaciones e interpretaciones a procesos históricos o culturales desde un punto de vista general y desde una perspectiva marxista. Muchas veces, la única vinculación académica de estos artículos es el hecho de que sus autores son profesores o estudiantes universitarios.
[2] La polémica es establecida por los autores marxistas de manera explícita en sus artículos.
[3] Coggiola, O. (1992) 1492-1992, El capitalismo festeja su senilidad, en En Defensa del Marxismo, Nº5, Bs.As.
[4] Fausto, B. (2003) Historia consisa de Brasil, Bs.As: Fondo de Cultura Económica, p. 72
[5] Nelson Weneck Sodré
[6] Coggiola, O. op. cit
[7] Costa Pimenta, R. Aboliçao, revoluçao frustrada.
[8] Boris Fausto, op. cit
5 de febrero de 2007
4 de febrero de 2007
El lenguaje de la argentina del “Argentinazo”
El lenguaje de la argentina del “Argentinazo”
Diego Toscano
La primera consideración que quiero formular es la siguiente: este trabajo no es una investigación (en lo que en el lenguaje científico dominante se ha dado en llamar investigación), ni tampoco es propiamente una “comunicación de experiencias”, académicamente referidas. Es, sí, una comunicación de experiencias en un sentido militante, de uno que, por deformación profesional, le presta demasiada atención al lenguaje y a los símbolos, y que también cree que, la gente militante que por deformación profesional le presta demasiada atención al lenguaje y a los símbolos, debería ponerse de acuerdo y ponerse a investigar las transformaciones operadas por el Argentinazo en esta dimensión que acordamos en llamar “identidad”, para utilizar esos conocimientos para fortalecer la lucha por la emancipación nacional y social, o sea para avanzar científicamente y para concluir la tarea del Argentinazo, lo que a su modo también es una tarea científica.
Esto es el sentido que le doy a la premisa: “el lenguaje es también un campo de lucha” frase que postulo como rectora del trabajo.
Por eso mismo, el presente trabajo sólo pretende trazar un mapa de estos objetos en común que necesitamos definir para avanzar en una investigación profunda y colectiva sobre estas transformaciones tan recientes.
Voy a plantear algunas áreas en las que creo que debería recaer nuestra mirada crítica y transformadora, para lograr extraer de esta realidad tan rica, nuevas y poderosas herramientas conceptuales (de acción) de carácter colectivo que nos sirvan para apuntalar nuestro esfuerzo militante.
1. Desde el momento de tener que definir la referencia “Argentinazo”, de precisarla, se ponían en juego luchas políticas muy profundas.
Me comentaba Estela Taboada, cierta vez, que el procesador de textos de su computadora había decidido cambiar la palabra Argentinazo del título de mi trabajo por Argentinidad. No viene al caso si el procesador de textos del Windows XP es anterior o no a Diciembre de 2001, porque el procesador nuevo tampoco tiene en su diccionario la palabra Argentinazo ni la RAE la ha incorporado. Cuando me contó, lo primero que pensé es en el alto nivel de manipulación ideológica que juegan los procesadores de textos (y los que trabajamos con oralidad y más aún con la oralidad de los sectores populares, sabemos lo que esto implica, si hasta la misma palabra oralidad no está en algunos procesadores de textos, y nos la marca como error, subrayada abajo, con rojo, como diciendo algo). Pero después pensé que más allá de la manipulación ideológica, la corrección automática era interesante también desde otra perspectiva simbólica: porque creo que si hay algo característico de la argentinidad, una cualidad “nacional”, eso es el argentinazo, la tendencia a la rebelión popular que recorre punta a punta la geografía de Argentina y de América latina de estos últimos años.
2. Es pertinente determinar hasta que punto y por medio de qué procesos el lenguaje cotidiano de las masas populares argentinas está determinado por la lucha de clases y el pensamiento socialista. Es una de las tareas urgentes de este programa investigativo. Las palabras “imperialismo” y “burocracia”, que son usadas en Argentina de una cotidianidad impresionante, son ejemplos claves del nivel de penetración del discurso socialista en las masas populares, pero que se corresponden a una etapa anterior del ascenso obrero y popular. La palabra “piquetero” creo que puede darle una dimensión actual a lo que estoy diciendo. Sin embargo, esta palabra tan común, se ha transformado en el punto de delimitación de una parte importante del campo popular.
3. Otro de los tópicos que considero pertinente de abordar es el de los medios masivos de comunicación. En este tema yo he avanzado muy poco, y creo que incluso como generación de luchadores hemos avanzado todavía muy poco en tanto las posibilidades abiertas. Pero en ese “poquito” que hemos avanzado, hemos podido sacar a la luz como trabajan los medios y los comunicadores “sociales”, en estrecha vinculación con los grupos empresarios y políticos, y cómo luchan por la construcción de una realidad que no refleje la realidad de rebelión cotidiana que vive el pueblo argentino. Quiero recomendar una película que vi, y que habla de cómo el diario Clarín era parte del plan Duhaldista que asesinó a Kosteki y Santillán de Puente Pueyrredón, y que se llama “La crisis se cobró dos nuevos muertos” que es el título que Clarín pone al día siguiente de los asesinatos: o sea no que la policía, Duhalde o alguien habían matado a Kosteki y santillán, sino que la crisis se había cobrado dos nuevas muertes. Aunque los compañeros que hicieron esta película sólo llegan a la conclusión de que es un caso de mala praxis periodística, lo que muestran es suficiente prueba de su complementariedad y complicidad en el plan de Duhalde y de su ministro de la SIDE Juanjosé Alvarez).
4. Entre los temas que creo que hay que abordar colectivamente y con este ángulo operativo señalado al principio (investigar para entender y entender para transformar y transformar por medio de la lucha política de clase) hay distintas manifestaciones de la vida cultural de las masas argentinas. Incluso, planteo que hay que abordar epistemológicamente determinados métodos de abordajes. En el plano educativo, y particularmente el universitario, es uno de los más interesantes para explorar. Quién habla de Argentinazo en la Universidad? Los estudiantes, donde la izquierda tiene particular influencia. ¿Que pasa con los investigadores? En qué andan que no escuchan los pasillos de sus propios lugares de trabajo? La música popular: ¿Cómo expresa estos cambios? Hay un debate muy profundo que se hizo en uno de los periódicos de izquierda acerca de la cumbia villera, la identidad sexual de la juventud y la identidad delictiva. Y las canciones de las marchas, que reflejan?
5. En el plano semiótico, la lucha por los signos y símbolos políticos y por las herramientas de significación social se ha transformado en un combate sin cuartel entre las clases en pugna y entre las fracciones de clase también. La pelea por la “Plaza de Mayo”, por la “iconografía” democrática de los derechos humanos, por las “banderas ambientalistas”, etc. da cuenta de todo esto. En este plano hay también un terreno basto de análisis: el gobierno de Kirchner nos hace reflexionar todos los días sobre la profundidad del concepto de demagogia.
6. Una implicancia no menor de la transformación lingüística debe ser rastreada específicamente en el lenguaje de la mujer trabajadora y en el de los niños de las clases oprimidas. La literatura del período debe ser también explorada en busca de pistas y giros vinculados con este proceso, particularmente determinados circuitos que no han sido canonizados ni siquiera incorporados a los circuitos “letrados” académicos, y que se expresan generalmente en periódicos de izquierda y en escritos de circulación restringida.
7. Por último, y no por eso de menor importancia, es necesario considerar la emergencia de una nueva geografía simbólica en relación a los conflictos obreros más sobresalientes del período y que constituyen un conjunto de referencia espaciales que dan nueva fisonomía a los mapas tradicionales: Las Heras, Gualeyguachú, Caleta Olivia, pero antes también Cutral-Co, Tartagal, Mosconi, etc.
Un tercer eje de análisis es el del discurso de la izquierda, y como éste se relaciona contradictoriamente con las estrategias políticas de los partidos de izquierda argentina. En este punto, me parece interesante un detenimiento especial sobre la palabra “Argentinazo” y una serie de polémicas que sobre ellas han existido y existen.
Diego Toscano
La primera consideración que quiero formular es la siguiente: este trabajo no es una investigación (en lo que en el lenguaje científico dominante se ha dado en llamar investigación), ni tampoco es propiamente una “comunicación de experiencias”, académicamente referidas. Es, sí, una comunicación de experiencias en un sentido militante, de uno que, por deformación profesional, le presta demasiada atención al lenguaje y a los símbolos, y que también cree que, la gente militante que por deformación profesional le presta demasiada atención al lenguaje y a los símbolos, debería ponerse de acuerdo y ponerse a investigar las transformaciones operadas por el Argentinazo en esta dimensión que acordamos en llamar “identidad”, para utilizar esos conocimientos para fortalecer la lucha por la emancipación nacional y social, o sea para avanzar científicamente y para concluir la tarea del Argentinazo, lo que a su modo también es una tarea científica.
Esto es el sentido que le doy a la premisa: “el lenguaje es también un campo de lucha” frase que postulo como rectora del trabajo.
Por eso mismo, el presente trabajo sólo pretende trazar un mapa de estos objetos en común que necesitamos definir para avanzar en una investigación profunda y colectiva sobre estas transformaciones tan recientes.
Voy a plantear algunas áreas en las que creo que debería recaer nuestra mirada crítica y transformadora, para lograr extraer de esta realidad tan rica, nuevas y poderosas herramientas conceptuales (de acción) de carácter colectivo que nos sirvan para apuntalar nuestro esfuerzo militante.
1. Desde el momento de tener que definir la referencia “Argentinazo”, de precisarla, se ponían en juego luchas políticas muy profundas.
Me comentaba Estela Taboada, cierta vez, que el procesador de textos de su computadora había decidido cambiar la palabra Argentinazo del título de mi trabajo por Argentinidad. No viene al caso si el procesador de textos del Windows XP es anterior o no a Diciembre de 2001, porque el procesador nuevo tampoco tiene en su diccionario la palabra Argentinazo ni la RAE la ha incorporado. Cuando me contó, lo primero que pensé es en el alto nivel de manipulación ideológica que juegan los procesadores de textos (y los que trabajamos con oralidad y más aún con la oralidad de los sectores populares, sabemos lo que esto implica, si hasta la misma palabra oralidad no está en algunos procesadores de textos, y nos la marca como error, subrayada abajo, con rojo, como diciendo algo). Pero después pensé que más allá de la manipulación ideológica, la corrección automática era interesante también desde otra perspectiva simbólica: porque creo que si hay algo característico de la argentinidad, una cualidad “nacional”, eso es el argentinazo, la tendencia a la rebelión popular que recorre punta a punta la geografía de Argentina y de América latina de estos últimos años.
2. Es pertinente determinar hasta que punto y por medio de qué procesos el lenguaje cotidiano de las masas populares argentinas está determinado por la lucha de clases y el pensamiento socialista. Es una de las tareas urgentes de este programa investigativo. Las palabras “imperialismo” y “burocracia”, que son usadas en Argentina de una cotidianidad impresionante, son ejemplos claves del nivel de penetración del discurso socialista en las masas populares, pero que se corresponden a una etapa anterior del ascenso obrero y popular. La palabra “piquetero” creo que puede darle una dimensión actual a lo que estoy diciendo. Sin embargo, esta palabra tan común, se ha transformado en el punto de delimitación de una parte importante del campo popular.
3. Otro de los tópicos que considero pertinente de abordar es el de los medios masivos de comunicación. En este tema yo he avanzado muy poco, y creo que incluso como generación de luchadores hemos avanzado todavía muy poco en tanto las posibilidades abiertas. Pero en ese “poquito” que hemos avanzado, hemos podido sacar a la luz como trabajan los medios y los comunicadores “sociales”, en estrecha vinculación con los grupos empresarios y políticos, y cómo luchan por la construcción de una realidad que no refleje la realidad de rebelión cotidiana que vive el pueblo argentino. Quiero recomendar una película que vi, y que habla de cómo el diario Clarín era parte del plan Duhaldista que asesinó a Kosteki y Santillán de Puente Pueyrredón, y que se llama “La crisis se cobró dos nuevos muertos” que es el título que Clarín pone al día siguiente de los asesinatos: o sea no que la policía, Duhalde o alguien habían matado a Kosteki y santillán, sino que la crisis se había cobrado dos nuevas muertes. Aunque los compañeros que hicieron esta película sólo llegan a la conclusión de que es un caso de mala praxis periodística, lo que muestran es suficiente prueba de su complementariedad y complicidad en el plan de Duhalde y de su ministro de la SIDE Juanjosé Alvarez).
4. Entre los temas que creo que hay que abordar colectivamente y con este ángulo operativo señalado al principio (investigar para entender y entender para transformar y transformar por medio de la lucha política de clase) hay distintas manifestaciones de la vida cultural de las masas argentinas. Incluso, planteo que hay que abordar epistemológicamente determinados métodos de abordajes. En el plano educativo, y particularmente el universitario, es uno de los más interesantes para explorar. Quién habla de Argentinazo en la Universidad? Los estudiantes, donde la izquierda tiene particular influencia. ¿Que pasa con los investigadores? En qué andan que no escuchan los pasillos de sus propios lugares de trabajo? La música popular: ¿Cómo expresa estos cambios? Hay un debate muy profundo que se hizo en uno de los periódicos de izquierda acerca de la cumbia villera, la identidad sexual de la juventud y la identidad delictiva. Y las canciones de las marchas, que reflejan?
5. En el plano semiótico, la lucha por los signos y símbolos políticos y por las herramientas de significación social se ha transformado en un combate sin cuartel entre las clases en pugna y entre las fracciones de clase también. La pelea por la “Plaza de Mayo”, por la “iconografía” democrática de los derechos humanos, por las “banderas ambientalistas”, etc. da cuenta de todo esto. En este plano hay también un terreno basto de análisis: el gobierno de Kirchner nos hace reflexionar todos los días sobre la profundidad del concepto de demagogia.
6. Una implicancia no menor de la transformación lingüística debe ser rastreada específicamente en el lenguaje de la mujer trabajadora y en el de los niños de las clases oprimidas. La literatura del período debe ser también explorada en busca de pistas y giros vinculados con este proceso, particularmente determinados circuitos que no han sido canonizados ni siquiera incorporados a los circuitos “letrados” académicos, y que se expresan generalmente en periódicos de izquierda y en escritos de circulación restringida.
7. Por último, y no por eso de menor importancia, es necesario considerar la emergencia de una nueva geografía simbólica en relación a los conflictos obreros más sobresalientes del período y que constituyen un conjunto de referencia espaciales que dan nueva fisonomía a los mapas tradicionales: Las Heras, Gualeyguachú, Caleta Olivia, pero antes también Cutral-Co, Tartagal, Mosconi, etc.
Un tercer eje de análisis es el del discurso de la izquierda, y como éste se relaciona contradictoriamente con las estrategias políticas de los partidos de izquierda argentina. En este punto, me parece interesante un detenimiento especial sobre la palabra “Argentinazo” y una serie de polémicas que sobre ellas han existido y existen.
1 de febrero de 2007
Relaciones entre ciencia y poder
Relaciones entre ciencia y poder
Diego Toscano
El reconocido epistemólogo argentino Gregorio Klimovsky ha sostenido en reiteradas ocasiones[1] una posición contraria a las ideas irracionalistas y a las actitudes anticientíficas que caracterizan al denominado postmodernismo. En defensa de la ciencia y de la práctica científica, y de sus resultados, principalmente de los avances en el campo de la tecnología, Klimovsky plantea que no existe nada intrínsecamente bueno o malo en la tecnología ni en la ciencia, sino que depende de cuál sea su decisión de uso. En este plano reconoce también que la ciencia y la tecnología han tenido aplicaciones negativas, como por ejemplo el armamentismo, pero que este es un problema de la política.
El presente trabajo va a tomar en cuenta esta afirmación para polemizar con ella, en tanto la considero representativa de cierta opinión común en el ámbito científico[2], por considerar que sumerge a la política en cierto plano de irracionalidad o postula, elípticamente en algunos casos y directamente en otros, su no-cientificidad[3]. O, lo que es lo mismo, porque separa arbitrariamente dos planos de la acción humana que considero que no deberían separarse, o por lo menos no bajo la forma de juicio sumario con la que frecuentemente se los separa.
A tal fin, voy a desarrollar algunos aspectos conceptuales del irracionalismo contemporáneo y la ciencia, intentando mostrar la vinculación histórica del mismo con la política, y postulando un ángulo de aproximación al fenómeno del postmodernismo, y por lo tanto del irracionalismo. Por otro lado, voy a intentar mostrar las vinculaciones existentes entre ciencia y política, deteniéndome en el campo específico de las ciencias sociales. Por último, voy a desarrollar a manera de conclusiones provisorias una serie de consideraciones generales sobre ciencia, metodología y política.
El irracionalismo contemporáneo
Terry Eagleton, en uno de los más conocidos análisis acerca del postmodernismo[4], postula que esta forma de la cultura contemporánea (el postmodernismo) “se alza contra las normas iluministas” heredadas en la tradición occidental, llevando a la consideración del mundo como “contingente, inexplicado, diverso, inestable, indeterminado, un conjunto de culturas desunidas o de interpretaciones que engendra un grado de escepticismo sobre la objetividad de la verdad, la historia y las normas.”. “Es un estilo de cultura que “refleja” algo de este cambio de época”. El postmodernismo, como colector de las tendencias irracionalistas de fines del siglo XX, emerge de un “cambio de época”[5]. Pero como señala Ellen Meiksins Wood, el escepticismo epistemológico y el irracionalismo tienen una historia tan larga como la de la propia filosofía. [6]
A lo largo de la historia de la ciencia y del pensamiento humano, sistemáticamente han emergido tendencias irracionalistas que negaban, mistifican o cuestionaban el valor del pensamiento científico. Por lo general, éstas emergieron en momentos en los que el desarrollo económico de la sociedad se detenía, y la sociedad en cuestión entraba en un profundo proceso de crisis. Un ejemplo clásico lo constituye el pensamiento y la filosofía medieval, con sus secuelas oscurantista y teológicas, que expresaron el agotamiento temprano de un régimen de producción, el feudalismo. Sin embargo, tomados como emergentes históricos, no todos los elementos que aparecen a la luz de estos períodos y como parte de estas corrientes de pensamiento, deben ser totalmente desechados.
Ludovico Geymonat[7], un conocido epistemólogo italiano, analiza profundamente uno de estos períodos, el denominado período de reacción contra el positivismo. Geymonat señala que durante las últimas décadas de fines del siglo XIX surgió en casi todos los países de Europa, un movimiento antipositivista que articulaba a varias tendencias. Estas, desde ángulos muy diversos, cuestionaban la “ingenua fe de los positivistas en la intocable verdad de la ciencias”. El “cambio de época” que había dado luz a este cuestionamiento, era la crisis, que ya por entonces se insinuaba muy aguda pero que en las primeras dos décadas del siglo XX se iba a manifestar de manera plena, de todos los pronósticos de desarrollo, reformas y progreso que se formularon desde la ciencia y el pensamiento positivista durante toda la segunda mitad del siglo XIX.
Dentro de las tendencias que emergieron de este proceso, cabe destacar el espiritualismo francés y alemán, el criticismo, el historicismo de Dilthey, que dejó muy profundas huellas en la sociología moderna y en el conjunto de las ciencias sociales, el neohegelianismo italiano de Labriola, el convencionalismo y el pragmatismo. También a pensadores que bordean las concepciones irracionalistas sumergiéndose cada tanto en ellas, como Firiedrich Nietzsche, Le Roy y Sorel.
Sin embargo, como parte de este proceso de crisis que afectó a las ciencias y a todo el pensamiento decimonónico, también emergieron nuevos planteamientos teóricos que no cuestionaban la racionalidad ni la posibilidad del conocimiento sino que por el contrario, planteaban un desarrollo científico que permitiría un espacio común para analizar el “fondo de los problemas”. Me refiero aquí específicamente al desarrollo de la lingüística científica (que tuvo su exponente principal en el lingüista ginebrino Ferdinand de Saussure) y a la ciencia de los signos, la semiótica, fundada por el filósofo norteamericano Charles Sanders Peirce y continuada por una gran tradición de científicos de ese país. El punto de partida común de ambos es la necesidad de reflexionar sobre el lenguaje y sobre los signos de las ciencias, en tanto esta reflexión abría a la posibilidad de clarificar las desavenencias terminológicas y conceptuales de la ciencia, y encontrar los puntos de acierto y error de la filosofía y de otras formas de pensamiento científico[8]. De la misma manera, emergen en el plano de la lógica, un conjunto de planteos que no cuestionan la posibilidad misma de la ciencia y de la razón, sino que la ubican junto a nuevos elementos en el marco de análisis de las potencialidades de la razón.
Es interesante señalar en este punto que el proceso de desarrollo científico se ajusta con cierto grado de rigurosidad (por lo menos en una análisis formulado en perspectiva) a lo planteado por el epistemólogo Imre Lakatos. Lakatos sostiene que los programas de investigación científica, ante probables crisis de sus pronósticos, se modifican siguiendo una lógica que preserva el núcleo duro de la teoría, modificando aspectos o hipótesis subordinadas hasta tanto efectivamente deba, por una seguidilla de fallas, modificarse algún aspecto de ese núcleo o descartarse el programa. La racionalidad y la posibilidad de verdad, en la ciencia, constituyen el elemento determinante del núcleo duro de cualquier programa de investigación científico. Las posturas irracionalistas por lo general, saltean este método y cuestionan directamente los postulados básicos, los núcleos. Es esta carencia de método, lo que está en la base de su muy frecuente baja fecundidad teórica.
Pero también lo es el hecho de que muchas veces, estos movimientos irracionalistas son promovidos directamente por los grupos conservadores a los que el avance del conocimiento y de la ciencia, fundamentalmente de la ciencias sociales, como es el caso de la economía política, cuestionan en sus privilegios. O sea que no tienen por objetivo una corrección concreta o parcial de tal o cual aspecto, su debate en el plano científico, sino la impugnación cabal del pensamiento crítico, en un plano político, que aparece aquí maquillado de científico. En el ejemplo de la Edad Media, la vinculación de la Iglesia como vehículo del oscurantismo con los propietarios feudales es orgánica, aunque sin duda alguna, no estamos hablando de un proceso ingenieril ni conspirativo, sino de un proceso único interrelacionado. Para el caso del irracionalismo contemporáneo -el postmodernismo- ha sido harto señalada la vinculación orgánica de sus teóricos principales con los organismos oficiales y no oficiales del capital financiero, como es el caso del filósofo norteamericano Francis Fukuyama, y con la defensa por parte de estos de las políticas neoliberales que se han desarrollado a lo largo de una parte importante de los últimos 20 años en distintos lugares del mundo.
Ricardo Gómez sostiene, abiertamente, que las formas de irracionalismo actual (como por ejemplo el creacionismo científico, el ambientalismo conservador, etc.) son formas de penetración educacional para nada apolíticas que se vinculan con el programa expansionista de la derecha norteamericana.
Sostiene también R. Gomez, que la defensa de la ciencia y de las posiciones científicas contra sus interesados detractores, no debe homologarse a una defensa irrestricta de la ciencia como posibilidad de resolver todos los problemas que se le plantean a la humanidad.
Pero ha sido menos señalado, sin embargo, la vinculación también orgánica de los intelectuales postmodernos (Derrida, Delleuze, Barthes, etc.) con el pensamiento crítico y radical de los años 60, y todavía muchos menos explicado el cambio de frente de esta intelectualidad de izquierda que fue la base del postestructuralismo (fuente de donde emanará finalmente el denominado postmodernismo). Mi opinión al respecto es la siguiente: fue el detenimiento del auge de masas a escala mundial (auge que llevó al Mayo Francés, a la primavera de Praga, a la revolución Vietnamita, a la revolución cultural en China, al Cordobazo, etc.) lo que llevó a la intelectualidad de izquierda a cuestionar, primero, las posibilidades de la revolución, segundo, las posibilidades de cambio (ya había descreído del cambio reformista en la “larga y triste” década del 50), tercero, de las posibilidades de la razón para establecerse como parámetros por sobre las conductas humanas.
Lo que quiero postular con esto es lo siguiente: el irracionalismo contemporáneo tiene su base material emergente en el detenimiento de las posibilidades de cambio social que cristalizaron con el cese del auge de masas de la década del 60. Sin embargo, lo que caracterizó a este cuestionamiento de la racionalidad de la política y de la ciencia, fue la superficialidad de la crítica y la ausencia de método. A la vez, este proceso tiene su base material de consolidación en la etapa abierta en la década del 70, con la crisis de la economía mundial y las tendencias irracionalistas que se dispararon desde el plano económico, la crisis del petróleo, el ciclo de las deudas externas, la desintegración de los estados obreros, principalmente de la URSS y el avance de la derecha norteamericana e inglesa tanto en el plano político y económico como en el religioso, educativo y científico, incluso más allá de sus fronteras.
Ciencia y Política.
Siguiendo al Alfredo Tecla[9], podría definirse la ciencia como el conjunto de conocimientos existentes como también el método para llegar a la esencia de los fenómenos. “El hombre se apropia del mundo en la medida que lo comprende por medio de la abstracción, y al apropiarse de él, lo transforma, transformándose a si mismo.” Sin embargo, señala, en este apropiarse, juega un importante papel la ideología: “en la selección de los objetos de estudio, en el descubrimiento de los problemas, en sus soluciones y en el descubrimiento de un nuevo conocimiento.” Los fines de la ciencia están limitados y condicionados por los intereses de la sociedad, y por las clases sociales que luchan e interactúan en esa sociedad. O sea que de ningún modo la ciencia es aséptica a su realidad social.
Con un razonamiento análogo al que siguen Hugo Calello y Susana Neuhaus[10] para plantear una crítica a la tendencia a la parcialización y fragmentación del conocimiento propia del empirismo y del pragmatismo, voy a plantear una aproximación a la relación entre ciencia y política, como un método común de análisis e intervención social, como partes de una misma praxis humana. Y me refiero no a cualquier praxis política en general sino muy particularmente a la praxis política socialista. Entiendo por praxis política socialista a aquella que se inscribe en la tradición teórica y práctica fundada por Carlos Marx y Federico Engels.
Pablo Rieznik, docente de economía de la UBA y militante marxista, sostiene en su último libro[11] que el marxismo debe ser entendido como el resultado de todo el desarrollo del pensamiento científico previo y en particular, de la ciencia moderna, que revolucionó la concepción del hombre sobre la naturaleza y las formas que tiene éste para conocer la realidad: “desde entonces, la teoría y la práctica ya no se plantearán como ámbitos separados, e incluso antagónicos, en la tarea de penetrar en los secretos de la realidad. En la ciencia moderna la formulación de conceptos e ideas, la observación, la experiencia y la verificación forman un todo único y novedoso.” El aporte específico del marxismo a la ciencia moderna es haber puesto de relieve las leyes del movimiento “del mundo de los hombres” y la transformación práctica que esas mismas leyes plantean en términos de la actividad humana, entendida como praxis, o sea, como unidad de conocimiento y transformación.
En el campo específico de las Ciencias Sociales este problema se ha vuelto capital y es en el terreno de la economía política, pero también en el de la Historia, la sociología de base científica, los estudios culturales, antropología social, la geografía humana, etc. donde adquiere su mayor relevancia. El ángulo científico señala que en el estudio de los procesos humanos, es necesario estudiar el conjunto de relaciones que el hombre establece en su vida social. Y evidentemente esto no se puede hacer al margen de la propia naturaleza de la sociedad, ni con independencia de la pertenencia social del propio investigador, como bien señala Alfredo Tecla[12].
Llevado a un plano filosófico, esta unidad de teoría y práctica es la expresión de la unidad entre sujeto y objeto. O sea que el objeto de conocimiento está determinado por el Sujeto, y hasta cierto punto, compuesto de él, como así también el sujeto está determinado por el objeto, el todo social. Esta no es una particularidad de las denominadas ciencias sociales pues también se produce en las denominadas ciencias exactas: el caso que tomamos como ejemplo es de física atómica: al estudiar la naturaleza dual de la materia, se puso de relieve que en la investigación y experimentación de uno de los aspectos de ésta, se excluía la posibilidad de indagar su comportamiento en el otro, al estudiarla como onda, se cerraba la vía de acceso al estudio como partícula, o sea se constituía una forma de determinación del objeto por parte del sujeto.
Esta visión nos permite un nuevo ángulo para plantear la relación entre ciencia y política. Considerarlas aisladamente lleva peligrosamente al idealismo unilateral y a una separación estéril, tanto científica como políticamente. El uso social de la ciencia y de la tecnología, excede al denominado “uso del producto terminado”, “la bomba”. La política (en tanto economía concentrada) condiciona la producción científica en todos sus aspectos, incluso, principalmente, en la investigación. Pueden señalarse como ejemplo las frecuentemente señaladas determinaciones sexistas y clasistas propias de la investigaciones norteamericanas sobre sexualidad y anticoncepción.
La política determina a la ciencia, o mejor dicho, la ciencia está determinada por los intereses sociales que la promueven y financian. No es sólo que se hace un mal uso de la ciencia (o habría que precisar en todo caso el uso del término “mal uso”) sino que la sociedad, en un período determinado de su evolución, como un todo contradictorio, históricamente transitorio, teje una serie de influencias recíprocas con la ciencia que a los fines analíticos conviene precisar.
Son aspectos de la ciencia como así también de “la política” los presupuestos de financiamiento y las orientaciones de política científica, los criterios de seguimiento y evaluación de los proyectos emprendidos, la existencia o no de corrupción y favoritismos en los organismos científicos, el subsidio al capital y la enajenación de recursos públicos por medio del subsidio tecnológico, las relaciones de legislación internacional en el marco de la política científica (por ejemplo la Ley de Patentes medicinales que EEUU le exigió a la Argentina en la década del 90), la existencia de organismo científicos y su realidad, la pertinencia de la investigación científica con los problemas sociales y los criterios de determinación.
Retomando la afirmación de Klimovsky y desarrollándola en el sentido en el que se ha desenvuelto la exposición, se abre la posibilidad de plantear que el uso de la ciencia, es la propia ciencia.
Conclusiones provisorias
El marxismo ha planteado históricamente su base científica de acción en la lucha de clases, sobre la cual hay una abundante bibliografía que no pretendo considerar en este trabajo. Pero en relación con la problemática de la ciencia y el marxismo, la bibliografía se reduce drásticamente. Quiero postular que entiendo la práctica científica como una práctica política. Parafraseando a un filósofo moderno, “la verdad es revolucionaria”. También entiendo que la práctica política debe asentarse sobre firmes bases científicas.
Quiero introducir un elemento que considero pertinente a manera de conclusión: la tendencia irracionalista contemporánea, tanto la encarnada por el postmodernismo como por otras corrientes de índole místico o religioso, incluso las que se expresan en clave científica, tienen su base material, real (que las determina no lineal, ni unívoca, sino dialécticamente) en lo irracional del sistema social actual, que ha llegado a la paradoja de haber desarrollado hasta tal punto la ciencia y la tecnología, que le permitirían alimentar y abastecer con los recursos elementales de sobrevivencia (salud, educación, vestimenta, solución habitacional) a la totalidad de la humanidad (aproximadamente 6000 millones de personas) y sin embargo, por la apropiación privada de los productos y los recursos de esta producción a gran escala (producción social), este abastecimiento elemental y básico está impedido.
Cuando un régimen social de producción llega a este punto, es un síntoma inconfundible de su caducidad histórica. El capitalismo actual no puede otra cosa que sacrificar generaciones enteras de seres humanos a la tarea históricamente reaccionaria de mantener en pie un sistema social caduco. La praxis científica y política de la humanidad, debería tener presente este hecho, y orientarse a su superación.
Bibliografía
Tecla, Alfredo. Teoría, Método y Técnicas en la investigación social. México, 1995
Calello, Hugo y Neuhaus, Susana. Método y antimétodo. Proceso y diseño de la investigación interdisciplinaria en ciencias humanas, UBA, Bs.As. 1997.
Rieznik, Pablo. El mundo no empezó en 4004 antes de Cristo. Biblos, Bs.As. 2006.
Peirce, Ch.S. La Ciencia de la Semiótica. Ediciones Nueva Visión, Bs.As, 1974
Eagleton, Terry. Las ilusiones del posmodernismo. Paidos, Bs.As. 1997
Meiksins Wood, Ellen. “Introducción”, Monthly Review, Julio de 1995
Geymonat, Ludovico. Historia de la Filosofía y de la ciencia, Editorial Crítica, Barcelona, 1985.
Eduardo R. Scribano (coord.) Metodología de las Ciencias Sociales, Lógica, lenguaje y racionalidad, Ed. Macchi, Bs.As, 1999
Klimovsky, G. y Hidalgo, C. La inexplicable sociedad, AZ Editora, Bs.As, 2001.
Mason, Stephen F. Historia de las Ciencias. Alianza Editorial, Madrid, 1988
[1] Tengo presente en este momento la conferencia inaugural pronunciada por Klimovsky de las IV Jornadas de Epistemología de las Ciencias Económicas, 1998.
[2] La “representividad” que le otorgo a la afirmación de Klimovsky toma en cuenta la “representatividad” personal e intelectual de éste pensador en el mundo académico y científico argentino.
[3] Klimovsky, en la conferencia ut supra mencionada, postula que el problema de aplicación de la tecnología a malos fines, por ejemplo el armamentismo, es un problema de la política, más precisamente “de la cultura política”. Sostiene que “eso algún día se va a solucionar, no hablando contra la ciencia, sino con las enseñanzas debidas acerca de cuál es la oportunidad para aplicar o no aplicar esa técnica”. Esta concepción, sin embargo, es en sí misma toda una concepción política, que postula un lugar de relación de la ciencia con la política y con la educación.
[4] Eagleton, Terry. Las ilusiones del posmodernismo. Paidos, Bs.As. 1997
[5] Es interesante considerar el siguiente ángulo: en las críticas que la izquierda le formuló por lo general a las corrientes postmodernistas a lo largo de estos años, se hizo especial hincapié en cuestionar el pretendido “cambio de época” que postulaba el propio postmodernismo (Lyotard, Fukuyama, etc.). Este “cambio de época”, la “postmodernidad”, se basaba en la modificación de la estructura productiva de la sociedad, que se había transformado en una “sociedad del conocimiento” donde se habían dejado atrás los elementos clásicos sustanciales del capitalismo. La izquierda hizo bandera en este cuestionamiento sin tener presente las modificaciones o los efectivos “cambios de época” que se producían en el propio ámbito político, de la que por otra parte, esta izquierda era “ciega”. Estos cambios marcaban efectivamente un cambio profundo, si bien no en la estructura capitalista de la sociedad, si en las relaciones y los equilibrios políticos que se habían establecido con posterioridad a la segunda guerra mundial para sostener al capitalismo mundial, y que con posterioridad a 1973, fueron profundamente alteados.
[6] Meiksins Wood, Ellen. “Introducción”, Monthly Review, Julio de 1995
[7] Geymonat, Ludovico. Historia de la Filosofía y de la ciencia, Editorial Crítica, Barcelona, 1985.
[8] Es muy conocida la afirmación peirceana que señala: “En lo tocante al ideal que debe tenderse, es conveniente en primer lugar, que cada rama de la ciencia llegue a tener un vocabulario que provea una familia de palabras afines para cada concepción científica y que cada palabra tenga un único significado exacto...Este requisito, debería ser entendido de modo tal que hiciera absolutamente imposible la confusión...” Peirce, Ch.S. La Ciencia de la Semiótica. Ediciones Nueva Visión, Bs.As, 1974
[9] Tecla, Alfredo. Teoría, Método y Técnicas en la investigación social. México, 1995
[10] Calello, Hugo y Neuhaus, Susana. Método y antimétodo. Proceso y diseño de la investigación interdisciplinaria en ciencias humanas, UBA, Bs.As. 1997.
[11] Rieznik, Pablo. El mundo no empezó en 4004 antes de Cristo. Biblos, Bs.As. 2006.
[12] Op. Citada
Diego Toscano
El reconocido epistemólogo argentino Gregorio Klimovsky ha sostenido en reiteradas ocasiones[1] una posición contraria a las ideas irracionalistas y a las actitudes anticientíficas que caracterizan al denominado postmodernismo. En defensa de la ciencia y de la práctica científica, y de sus resultados, principalmente de los avances en el campo de la tecnología, Klimovsky plantea que no existe nada intrínsecamente bueno o malo en la tecnología ni en la ciencia, sino que depende de cuál sea su decisión de uso. En este plano reconoce también que la ciencia y la tecnología han tenido aplicaciones negativas, como por ejemplo el armamentismo, pero que este es un problema de la política.
El presente trabajo va a tomar en cuenta esta afirmación para polemizar con ella, en tanto la considero representativa de cierta opinión común en el ámbito científico[2], por considerar que sumerge a la política en cierto plano de irracionalidad o postula, elípticamente en algunos casos y directamente en otros, su no-cientificidad[3]. O, lo que es lo mismo, porque separa arbitrariamente dos planos de la acción humana que considero que no deberían separarse, o por lo menos no bajo la forma de juicio sumario con la que frecuentemente se los separa.
A tal fin, voy a desarrollar algunos aspectos conceptuales del irracionalismo contemporáneo y la ciencia, intentando mostrar la vinculación histórica del mismo con la política, y postulando un ángulo de aproximación al fenómeno del postmodernismo, y por lo tanto del irracionalismo. Por otro lado, voy a intentar mostrar las vinculaciones existentes entre ciencia y política, deteniéndome en el campo específico de las ciencias sociales. Por último, voy a desarrollar a manera de conclusiones provisorias una serie de consideraciones generales sobre ciencia, metodología y política.
El irracionalismo contemporáneo
Terry Eagleton, en uno de los más conocidos análisis acerca del postmodernismo[4], postula que esta forma de la cultura contemporánea (el postmodernismo) “se alza contra las normas iluministas” heredadas en la tradición occidental, llevando a la consideración del mundo como “contingente, inexplicado, diverso, inestable, indeterminado, un conjunto de culturas desunidas o de interpretaciones que engendra un grado de escepticismo sobre la objetividad de la verdad, la historia y las normas.”. “Es un estilo de cultura que “refleja” algo de este cambio de época”. El postmodernismo, como colector de las tendencias irracionalistas de fines del siglo XX, emerge de un “cambio de época”[5]. Pero como señala Ellen Meiksins Wood, el escepticismo epistemológico y el irracionalismo tienen una historia tan larga como la de la propia filosofía. [6]
A lo largo de la historia de la ciencia y del pensamiento humano, sistemáticamente han emergido tendencias irracionalistas que negaban, mistifican o cuestionaban el valor del pensamiento científico. Por lo general, éstas emergieron en momentos en los que el desarrollo económico de la sociedad se detenía, y la sociedad en cuestión entraba en un profundo proceso de crisis. Un ejemplo clásico lo constituye el pensamiento y la filosofía medieval, con sus secuelas oscurantista y teológicas, que expresaron el agotamiento temprano de un régimen de producción, el feudalismo. Sin embargo, tomados como emergentes históricos, no todos los elementos que aparecen a la luz de estos períodos y como parte de estas corrientes de pensamiento, deben ser totalmente desechados.
Ludovico Geymonat[7], un conocido epistemólogo italiano, analiza profundamente uno de estos períodos, el denominado período de reacción contra el positivismo. Geymonat señala que durante las últimas décadas de fines del siglo XIX surgió en casi todos los países de Europa, un movimiento antipositivista que articulaba a varias tendencias. Estas, desde ángulos muy diversos, cuestionaban la “ingenua fe de los positivistas en la intocable verdad de la ciencias”. El “cambio de época” que había dado luz a este cuestionamiento, era la crisis, que ya por entonces se insinuaba muy aguda pero que en las primeras dos décadas del siglo XX se iba a manifestar de manera plena, de todos los pronósticos de desarrollo, reformas y progreso que se formularon desde la ciencia y el pensamiento positivista durante toda la segunda mitad del siglo XIX.
Dentro de las tendencias que emergieron de este proceso, cabe destacar el espiritualismo francés y alemán, el criticismo, el historicismo de Dilthey, que dejó muy profundas huellas en la sociología moderna y en el conjunto de las ciencias sociales, el neohegelianismo italiano de Labriola, el convencionalismo y el pragmatismo. También a pensadores que bordean las concepciones irracionalistas sumergiéndose cada tanto en ellas, como Firiedrich Nietzsche, Le Roy y Sorel.
Sin embargo, como parte de este proceso de crisis que afectó a las ciencias y a todo el pensamiento decimonónico, también emergieron nuevos planteamientos teóricos que no cuestionaban la racionalidad ni la posibilidad del conocimiento sino que por el contrario, planteaban un desarrollo científico que permitiría un espacio común para analizar el “fondo de los problemas”. Me refiero aquí específicamente al desarrollo de la lingüística científica (que tuvo su exponente principal en el lingüista ginebrino Ferdinand de Saussure) y a la ciencia de los signos, la semiótica, fundada por el filósofo norteamericano Charles Sanders Peirce y continuada por una gran tradición de científicos de ese país. El punto de partida común de ambos es la necesidad de reflexionar sobre el lenguaje y sobre los signos de las ciencias, en tanto esta reflexión abría a la posibilidad de clarificar las desavenencias terminológicas y conceptuales de la ciencia, y encontrar los puntos de acierto y error de la filosofía y de otras formas de pensamiento científico[8]. De la misma manera, emergen en el plano de la lógica, un conjunto de planteos que no cuestionan la posibilidad misma de la ciencia y de la razón, sino que la ubican junto a nuevos elementos en el marco de análisis de las potencialidades de la razón.
Es interesante señalar en este punto que el proceso de desarrollo científico se ajusta con cierto grado de rigurosidad (por lo menos en una análisis formulado en perspectiva) a lo planteado por el epistemólogo Imre Lakatos. Lakatos sostiene que los programas de investigación científica, ante probables crisis de sus pronósticos, se modifican siguiendo una lógica que preserva el núcleo duro de la teoría, modificando aspectos o hipótesis subordinadas hasta tanto efectivamente deba, por una seguidilla de fallas, modificarse algún aspecto de ese núcleo o descartarse el programa. La racionalidad y la posibilidad de verdad, en la ciencia, constituyen el elemento determinante del núcleo duro de cualquier programa de investigación científico. Las posturas irracionalistas por lo general, saltean este método y cuestionan directamente los postulados básicos, los núcleos. Es esta carencia de método, lo que está en la base de su muy frecuente baja fecundidad teórica.
Pero también lo es el hecho de que muchas veces, estos movimientos irracionalistas son promovidos directamente por los grupos conservadores a los que el avance del conocimiento y de la ciencia, fundamentalmente de la ciencias sociales, como es el caso de la economía política, cuestionan en sus privilegios. O sea que no tienen por objetivo una corrección concreta o parcial de tal o cual aspecto, su debate en el plano científico, sino la impugnación cabal del pensamiento crítico, en un plano político, que aparece aquí maquillado de científico. En el ejemplo de la Edad Media, la vinculación de la Iglesia como vehículo del oscurantismo con los propietarios feudales es orgánica, aunque sin duda alguna, no estamos hablando de un proceso ingenieril ni conspirativo, sino de un proceso único interrelacionado. Para el caso del irracionalismo contemporáneo -el postmodernismo- ha sido harto señalada la vinculación orgánica de sus teóricos principales con los organismos oficiales y no oficiales del capital financiero, como es el caso del filósofo norteamericano Francis Fukuyama, y con la defensa por parte de estos de las políticas neoliberales que se han desarrollado a lo largo de una parte importante de los últimos 20 años en distintos lugares del mundo.
Ricardo Gómez sostiene, abiertamente, que las formas de irracionalismo actual (como por ejemplo el creacionismo científico, el ambientalismo conservador, etc.) son formas de penetración educacional para nada apolíticas que se vinculan con el programa expansionista de la derecha norteamericana.
Sostiene también R. Gomez, que la defensa de la ciencia y de las posiciones científicas contra sus interesados detractores, no debe homologarse a una defensa irrestricta de la ciencia como posibilidad de resolver todos los problemas que se le plantean a la humanidad.
Pero ha sido menos señalado, sin embargo, la vinculación también orgánica de los intelectuales postmodernos (Derrida, Delleuze, Barthes, etc.) con el pensamiento crítico y radical de los años 60, y todavía muchos menos explicado el cambio de frente de esta intelectualidad de izquierda que fue la base del postestructuralismo (fuente de donde emanará finalmente el denominado postmodernismo). Mi opinión al respecto es la siguiente: fue el detenimiento del auge de masas a escala mundial (auge que llevó al Mayo Francés, a la primavera de Praga, a la revolución Vietnamita, a la revolución cultural en China, al Cordobazo, etc.) lo que llevó a la intelectualidad de izquierda a cuestionar, primero, las posibilidades de la revolución, segundo, las posibilidades de cambio (ya había descreído del cambio reformista en la “larga y triste” década del 50), tercero, de las posibilidades de la razón para establecerse como parámetros por sobre las conductas humanas.
Lo que quiero postular con esto es lo siguiente: el irracionalismo contemporáneo tiene su base material emergente en el detenimiento de las posibilidades de cambio social que cristalizaron con el cese del auge de masas de la década del 60. Sin embargo, lo que caracterizó a este cuestionamiento de la racionalidad de la política y de la ciencia, fue la superficialidad de la crítica y la ausencia de método. A la vez, este proceso tiene su base material de consolidación en la etapa abierta en la década del 70, con la crisis de la economía mundial y las tendencias irracionalistas que se dispararon desde el plano económico, la crisis del petróleo, el ciclo de las deudas externas, la desintegración de los estados obreros, principalmente de la URSS y el avance de la derecha norteamericana e inglesa tanto en el plano político y económico como en el religioso, educativo y científico, incluso más allá de sus fronteras.
Ciencia y Política.
Siguiendo al Alfredo Tecla[9], podría definirse la ciencia como el conjunto de conocimientos existentes como también el método para llegar a la esencia de los fenómenos. “El hombre se apropia del mundo en la medida que lo comprende por medio de la abstracción, y al apropiarse de él, lo transforma, transformándose a si mismo.” Sin embargo, señala, en este apropiarse, juega un importante papel la ideología: “en la selección de los objetos de estudio, en el descubrimiento de los problemas, en sus soluciones y en el descubrimiento de un nuevo conocimiento.” Los fines de la ciencia están limitados y condicionados por los intereses de la sociedad, y por las clases sociales que luchan e interactúan en esa sociedad. O sea que de ningún modo la ciencia es aséptica a su realidad social.
Con un razonamiento análogo al que siguen Hugo Calello y Susana Neuhaus[10] para plantear una crítica a la tendencia a la parcialización y fragmentación del conocimiento propia del empirismo y del pragmatismo, voy a plantear una aproximación a la relación entre ciencia y política, como un método común de análisis e intervención social, como partes de una misma praxis humana. Y me refiero no a cualquier praxis política en general sino muy particularmente a la praxis política socialista. Entiendo por praxis política socialista a aquella que se inscribe en la tradición teórica y práctica fundada por Carlos Marx y Federico Engels.
Pablo Rieznik, docente de economía de la UBA y militante marxista, sostiene en su último libro[11] que el marxismo debe ser entendido como el resultado de todo el desarrollo del pensamiento científico previo y en particular, de la ciencia moderna, que revolucionó la concepción del hombre sobre la naturaleza y las formas que tiene éste para conocer la realidad: “desde entonces, la teoría y la práctica ya no se plantearán como ámbitos separados, e incluso antagónicos, en la tarea de penetrar en los secretos de la realidad. En la ciencia moderna la formulación de conceptos e ideas, la observación, la experiencia y la verificación forman un todo único y novedoso.” El aporte específico del marxismo a la ciencia moderna es haber puesto de relieve las leyes del movimiento “del mundo de los hombres” y la transformación práctica que esas mismas leyes plantean en términos de la actividad humana, entendida como praxis, o sea, como unidad de conocimiento y transformación.
En el campo específico de las Ciencias Sociales este problema se ha vuelto capital y es en el terreno de la economía política, pero también en el de la Historia, la sociología de base científica, los estudios culturales, antropología social, la geografía humana, etc. donde adquiere su mayor relevancia. El ángulo científico señala que en el estudio de los procesos humanos, es necesario estudiar el conjunto de relaciones que el hombre establece en su vida social. Y evidentemente esto no se puede hacer al margen de la propia naturaleza de la sociedad, ni con independencia de la pertenencia social del propio investigador, como bien señala Alfredo Tecla[12].
Llevado a un plano filosófico, esta unidad de teoría y práctica es la expresión de la unidad entre sujeto y objeto. O sea que el objeto de conocimiento está determinado por el Sujeto, y hasta cierto punto, compuesto de él, como así también el sujeto está determinado por el objeto, el todo social. Esta no es una particularidad de las denominadas ciencias sociales pues también se produce en las denominadas ciencias exactas: el caso que tomamos como ejemplo es de física atómica: al estudiar la naturaleza dual de la materia, se puso de relieve que en la investigación y experimentación de uno de los aspectos de ésta, se excluía la posibilidad de indagar su comportamiento en el otro, al estudiarla como onda, se cerraba la vía de acceso al estudio como partícula, o sea se constituía una forma de determinación del objeto por parte del sujeto.
Esta visión nos permite un nuevo ángulo para plantear la relación entre ciencia y política. Considerarlas aisladamente lleva peligrosamente al idealismo unilateral y a una separación estéril, tanto científica como políticamente. El uso social de la ciencia y de la tecnología, excede al denominado “uso del producto terminado”, “la bomba”. La política (en tanto economía concentrada) condiciona la producción científica en todos sus aspectos, incluso, principalmente, en la investigación. Pueden señalarse como ejemplo las frecuentemente señaladas determinaciones sexistas y clasistas propias de la investigaciones norteamericanas sobre sexualidad y anticoncepción.
La política determina a la ciencia, o mejor dicho, la ciencia está determinada por los intereses sociales que la promueven y financian. No es sólo que se hace un mal uso de la ciencia (o habría que precisar en todo caso el uso del término “mal uso”) sino que la sociedad, en un período determinado de su evolución, como un todo contradictorio, históricamente transitorio, teje una serie de influencias recíprocas con la ciencia que a los fines analíticos conviene precisar.
Son aspectos de la ciencia como así también de “la política” los presupuestos de financiamiento y las orientaciones de política científica, los criterios de seguimiento y evaluación de los proyectos emprendidos, la existencia o no de corrupción y favoritismos en los organismos científicos, el subsidio al capital y la enajenación de recursos públicos por medio del subsidio tecnológico, las relaciones de legislación internacional en el marco de la política científica (por ejemplo la Ley de Patentes medicinales que EEUU le exigió a la Argentina en la década del 90), la existencia de organismo científicos y su realidad, la pertinencia de la investigación científica con los problemas sociales y los criterios de determinación.
Retomando la afirmación de Klimovsky y desarrollándola en el sentido en el que se ha desenvuelto la exposición, se abre la posibilidad de plantear que el uso de la ciencia, es la propia ciencia.
Conclusiones provisorias
El marxismo ha planteado históricamente su base científica de acción en la lucha de clases, sobre la cual hay una abundante bibliografía que no pretendo considerar en este trabajo. Pero en relación con la problemática de la ciencia y el marxismo, la bibliografía se reduce drásticamente. Quiero postular que entiendo la práctica científica como una práctica política. Parafraseando a un filósofo moderno, “la verdad es revolucionaria”. También entiendo que la práctica política debe asentarse sobre firmes bases científicas.
Quiero introducir un elemento que considero pertinente a manera de conclusión: la tendencia irracionalista contemporánea, tanto la encarnada por el postmodernismo como por otras corrientes de índole místico o religioso, incluso las que se expresan en clave científica, tienen su base material, real (que las determina no lineal, ni unívoca, sino dialécticamente) en lo irracional del sistema social actual, que ha llegado a la paradoja de haber desarrollado hasta tal punto la ciencia y la tecnología, que le permitirían alimentar y abastecer con los recursos elementales de sobrevivencia (salud, educación, vestimenta, solución habitacional) a la totalidad de la humanidad (aproximadamente 6000 millones de personas) y sin embargo, por la apropiación privada de los productos y los recursos de esta producción a gran escala (producción social), este abastecimiento elemental y básico está impedido.
Cuando un régimen social de producción llega a este punto, es un síntoma inconfundible de su caducidad histórica. El capitalismo actual no puede otra cosa que sacrificar generaciones enteras de seres humanos a la tarea históricamente reaccionaria de mantener en pie un sistema social caduco. La praxis científica y política de la humanidad, debería tener presente este hecho, y orientarse a su superación.
Bibliografía
Tecla, Alfredo. Teoría, Método y Técnicas en la investigación social. México, 1995
Calello, Hugo y Neuhaus, Susana. Método y antimétodo. Proceso y diseño de la investigación interdisciplinaria en ciencias humanas, UBA, Bs.As. 1997.
Rieznik, Pablo. El mundo no empezó en 4004 antes de Cristo. Biblos, Bs.As. 2006.
Peirce, Ch.S. La Ciencia de la Semiótica. Ediciones Nueva Visión, Bs.As, 1974
Eagleton, Terry. Las ilusiones del posmodernismo. Paidos, Bs.As. 1997
Meiksins Wood, Ellen. “Introducción”, Monthly Review, Julio de 1995
Geymonat, Ludovico. Historia de la Filosofía y de la ciencia, Editorial Crítica, Barcelona, 1985.
Eduardo R. Scribano (coord.) Metodología de las Ciencias Sociales, Lógica, lenguaje y racionalidad, Ed. Macchi, Bs.As, 1999
Klimovsky, G. y Hidalgo, C. La inexplicable sociedad, AZ Editora, Bs.As, 2001.
Mason, Stephen F. Historia de las Ciencias. Alianza Editorial, Madrid, 1988
[1] Tengo presente en este momento la conferencia inaugural pronunciada por Klimovsky de las IV Jornadas de Epistemología de las Ciencias Económicas, 1998.
[2] La “representividad” que le otorgo a la afirmación de Klimovsky toma en cuenta la “representatividad” personal e intelectual de éste pensador en el mundo académico y científico argentino.
[3] Klimovsky, en la conferencia ut supra mencionada, postula que el problema de aplicación de la tecnología a malos fines, por ejemplo el armamentismo, es un problema de la política, más precisamente “de la cultura política”. Sostiene que “eso algún día se va a solucionar, no hablando contra la ciencia, sino con las enseñanzas debidas acerca de cuál es la oportunidad para aplicar o no aplicar esa técnica”. Esta concepción, sin embargo, es en sí misma toda una concepción política, que postula un lugar de relación de la ciencia con la política y con la educación.
[4] Eagleton, Terry. Las ilusiones del posmodernismo. Paidos, Bs.As. 1997
[5] Es interesante considerar el siguiente ángulo: en las críticas que la izquierda le formuló por lo general a las corrientes postmodernistas a lo largo de estos años, se hizo especial hincapié en cuestionar el pretendido “cambio de época” que postulaba el propio postmodernismo (Lyotard, Fukuyama, etc.). Este “cambio de época”, la “postmodernidad”, se basaba en la modificación de la estructura productiva de la sociedad, que se había transformado en una “sociedad del conocimiento” donde se habían dejado atrás los elementos clásicos sustanciales del capitalismo. La izquierda hizo bandera en este cuestionamiento sin tener presente las modificaciones o los efectivos “cambios de época” que se producían en el propio ámbito político, de la que por otra parte, esta izquierda era “ciega”. Estos cambios marcaban efectivamente un cambio profundo, si bien no en la estructura capitalista de la sociedad, si en las relaciones y los equilibrios políticos que se habían establecido con posterioridad a la segunda guerra mundial para sostener al capitalismo mundial, y que con posterioridad a 1973, fueron profundamente alteados.
[6] Meiksins Wood, Ellen. “Introducción”, Monthly Review, Julio de 1995
[7] Geymonat, Ludovico. Historia de la Filosofía y de la ciencia, Editorial Crítica, Barcelona, 1985.
[8] Es muy conocida la afirmación peirceana que señala: “En lo tocante al ideal que debe tenderse, es conveniente en primer lugar, que cada rama de la ciencia llegue a tener un vocabulario que provea una familia de palabras afines para cada concepción científica y que cada palabra tenga un único significado exacto...Este requisito, debería ser entendido de modo tal que hiciera absolutamente imposible la confusión...” Peirce, Ch.S. La Ciencia de la Semiótica. Ediciones Nueva Visión, Bs.As, 1974
[9] Tecla, Alfredo. Teoría, Método y Técnicas en la investigación social. México, 1995
[10] Calello, Hugo y Neuhaus, Susana. Método y antimétodo. Proceso y diseño de la investigación interdisciplinaria en ciencias humanas, UBA, Bs.As. 1997.
[11] Rieznik, Pablo. El mundo no empezó en 4004 antes de Cristo. Biblos, Bs.As. 2006.
[12] Op. Citada
1 de enero de 2007
La enseñanza de Semiótica en la universidad. Un análisis de caso.
La enseñanza de Semiótica en la universidad. Un análisis de caso.
Diego Toscano
El presente trabajo pretende dar cuenta de una serie de registros e investigaciones que llevé adelante en la tarea de auxiliar docente de Semiótica en la Carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional de Tucumán, en relación a las formas de apropiación y aprendizaje de los contenidos teóricos de la materia que hacían los alumnos.
El registro y el comentario que se ofrecen son de una absoluta parcialidad, en tanto se han relevado un pequeño grupo, aunque estadísticamente representativo, de la única promoción de la materia, quienes la cursaron en el año 2005. Cabe consignar que la Carrera de Ciencias de la Comunicación abrió sus puertas en la UNT en el año 2004 y que la asignatura Semiótica se encuentra ubicada en 2º año de la misma. A mediados de ese año, junto a otras dos compañeras, nos nombran auxiliares docentes y en esta tarea nos topamos con las enormes dificultades de aprendizaje que expresaba la “dificultad” de los temas “abstractos de la materia”.
Sin embargo, tanto en los parciales como en el resultado del examen final, los resultados eran francamente alentadores, en tanto los indicadores de aprobación no paraban de crecer, reduciéndose al mínimo los desaprobados.
El éxito pedagógico logrado con esta primera promoción se basaba en un conjunto de acciones importantes llevadas adelantes desde la cátedra, en tanto el nivel de sistematización de las clases teóricas dictadas en ese 2005, como de as clases prácticas y la importancia dada a los espacios de consulta y atención de alumnos. Pero había además una constante, que como docentes debíamos estudiar y aprovechar, que era el enlazamiento grupal de los alumnos, a través de redes de estudio que sistematizaban los conocimientos, elaboraban apuntes, textos, ejemplos y reproducían con un alto grado de eficiencia loo conocimientos centrales de la materia.
Convencido de que los docentes no podemos ignorar este fenómeno, emprendí un relevamiento del tema a través de entrevistas personales con un grupo de alumnos (30), interrogándolos sobre los siguientes temas:
a) ¿Cuánto tiempo habían estudiado la materia para el examen final?,
b) ¿Cuántas horas por día?
c) Si lo habían hecho individual o grupalmente?
d) ¿De qué materiales habían estudiado?
e) ¿Qué nivel de dificultad le atribuían a la materia?
f) ¿Qué dificultades habían tenido en el cursado y en el estudio de la misma?
Cabe consignar que las entrevistas no exigían identificación de los alumnos, para facilitar la honestidad de las respuestas y sólo consignaban edad y sexo.
Trabajo grupal y concentrado
La primera apreciación pertinente consiste en señalar que la media de los alumnos, en un porcentaje superior al 75% había utilizado una estrategia grupal para el estudio de la materia, en situaciones de combinarlo con acciones de estudio individual. Esto, en realidad, parece ser una práctica habitual no sólo para esta materia sino una constante de esta camada de estudiantes de Comunicación. En este sentido, mostraban mayor preponderancia por el estudio colectivo las mujeres que los varones, registrándose las excepciones fundamentalmente en estudiantes de mayor edad (Más de 35 y fundamentalmente más de 40) .
En relación a tiempo de estudio, podemos señalar que el promedio de días de estudio en relación con las notas más altas estaba situado entre 7 y 10 días, estudiando la mayor parte entre 3 y 5 horas por día. El caso máximo lo constituían estudiantes que trabajaban y que le dedicaron entre 25 días y un mes, con promedios inferiores a las dos horas diarias.
En una primera conclusión, podemos señalar, que el método de estudio privilegiado fue el trabajo grupal con una concentración de horas y que el rendimiento de los grupos de estudios fue, sino exacto, bastante homogéneo.
Textos y apuntes
En la indagación sobre los materiales de estudio que habían utilizado para rendir, el 100% respondió que de los textos de la Cátedra.
Sólo el 20% había consultado algún libro aparte, de la biblioteca o prestado.
Todos, además, habían repasado las clases teóricas por medio de apuntes propios, grabaciones o apuntes de compañeros.
Sin embargo, la particularidad emergente era la aparición de una suerte de bibliografía oficial de estudio paralela, apuntes realizados por diversos grupos de compañeros que había rendido con éxito la materia y que se transformaban en fuente de consulta obligada. Más del 50% dijo haber consultado este tipo de materiales denominados resúmenes. Una de las alumnos comentó que esta práctica está muy difundida en las Facultades grandes, como Derecho y Ciencias Económicas.
Otra alumna, que participó en la elaboración grupal de uno de estos resúmenes, señaló que la preparación de los mismos fue una tarea de varios días y que tenía por único objetivo el mejor rendimiento colectivo del grupo, pero que nunca imaginó que tuviera trascendencia más allá del mismo.
En relación a la ponderación positiva de estos materiales, se señaló e lenguaje común y accesible de estos.
Analizando estos materiales, por lo menos los tres a los que pude acceder, cabe señalar que los mismos reconstruyen el programa de la materia en base a un registro de las clases teóricas, en un lenguaje fácil y de estilo directo. La incorporación de cuadros conceptuales y de redes facilita la lectura. En algunos casos, con imprecisiones conceptuales importantes, pero dentro de los límites tolerables en un efectivo proceso pedagógico.
La existencia de estos resúmenes me lleva a indagarme hasta que punto estos no emergen como una propia experiencia semiótica de traducción de lenguajes y universos conceptuales muy distantes que se acercan y cuál debe ser el lugar que ocupen en el desenvolvimiento de la enseñanza de la materia.
Lo difícil que se hace fácil y su inverso
La mayor cantidad de los entrevistados coincidió en señalar que al principio del cursado, la materia le parecía una “cosas muy difícil” , pero que a medida que se fueron desenvolviendo los temas, el nivel de comprensión y de asimilación fueron creciendo.
En cuanto a la pregunta sobre el nivel de dificultad que le atribuían a la materia, es muy difícil trazar una media, debido a que las respuestas fueron muy poco homgénea: Sin embargo, las apreciaciones comunes son las siguientes: Ningún alumno trazó el nivel de dificultad en el registro 10, este lugar correspondía, según la mayor parte de los entrevistados, a la materia Historia. Ninguno dijo que la materia no representaba ningún nivel de dificultad, como sí lo hacían los idiomas en algunos casos de alumnos que ya hablaban una segunda lengua (inglés).
Si hubo una importante cantidad de registros entre 4 y 6., registros donde arbitrariamente podría situarse una media.
En respuestas a la pregunta sobre las dificultades en el cursado y en el estudio es imposible trazar un relevamiento estadístico, pero sí señalar que algunas de las dificultades apuntadas estuvieron en relación a la organización interna de los temas en el programa, al tardío inicio de las clases prácticas, Junio de 2005, a las complejidades en el manejo de la bibliografía y a las tareas prácticas de explicación que se abordaban con textos. También a cierta repetición de contenidos con otras materias de la Carrera.
Conclusión
No se puede ignorar que el relevamiento apuntado, al ser realizado por un propio docente de la Cátedra, condiciona y limita las respuestas, aunque se planteó que lo hagan con total libertad. Más allá de este problema metodológico, cabe apuntar a los fines de una profundización de esta investigación, los problema que tuvieron aquellos que no aprobaron (sólo se entrevistó a 1) y aquellos que no se presentaron habiendo estudiado. ¿Qué factores los hicieron disuadirse de rendir?.
A los fines de completar un estudio más complejo sobre este tema cabría interrogar a los alumnos sobre otros tópicos importantes que no fueron indagados en esta parte del trabajo. Por ejemplo qué diferencia establecen y que representación imaginaria ponen en juego al rendir escrito u oral, con respecto a la integración del tribunal, etc.
Por último, cabe señalar la importancia de tomar un rol activo con respecto a la bibliografía paralela que han elaborado los alumnos, tanto para formular algunas precisiones conceptuales, como para partir de ellas como un promedio del nivel de captación de los temas dados.
A la vez, abordarlos como una herramienta de circulación de conocimientos muy importante, que es necesario precisar, entender y utilizar para mejorar el rendimiento y también para interesar a los alumnos en algunos de los grandes temas de la semiótica actual. En ese sentido, creo que el relevamiento estadístico y conceptual debería ser una práctica habitual para el seguimiento de nuestros alumnos.
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